Chile vira a la derecha: José Antonio Kast asume y revive viejas sombras
El presidente más conservador desde Pinochet inicia un mandato centrado en seguridad y migración

Redacción · Más España


José Antonio Kast ha tomado posesión de la Presidencia de Chile con la sobriedad de quienes saben que han logrado un propósito largamente perseguido. Tenía 60 años cuando asumió, y su llegada al Palacio demanda una lectura franca: no es un fenómeno aislado, sino la culminación de una trayectoria política que ha cambiado el rostro de la derecha chilena.
Fue un ascenso que pocos vaticinaron. Kast ganó en el balotaje de diciembre con el 58,2% de los votos frente a la candidata comunista Jeannette Jara, y lo hizo tras sobrevivir a derrotas previas —en 2017 obtuvo apenas el 8% y en 2021 perdió el balotaje por 12 puntos contra Gabriel Boric—. Esa perseverancia no es casual: es la praxis de quien, desde la Universidad Católica, se forjó en el movimiento gremial y terminó por separarse de la Unión Democrática Independiente para fundar el Partido Republicano.
Su gobierno anuncia prioridades claras: seguridad y control de la migración. Temas que dominaron la campaña y que explican, en buena medida, el respaldo mayoritario que recibió en la urnas. Pero las prioridades que proclama vienen acompañadas de recuerdos incómodos. Kast ha defendido aspectos del régimen militar de Augusto Pinochet y ha llegado a decir que, de estar vivo, Pinochet habría votado por él. Para las víctimas de la dictadura, ese gesto no es una anécdota: es una provocación que reaviva heridas históricas.
La biografía familiar añade otra capa de controversia. Nacido en Paine, es hijo menor de una familia de origen alemán que llegó a Chile tras la Segunda Guerra Mundial. Investigaciones periodísticas han señalado la existencia de un documento de 1942 del Archivo Federal en Alemania que indica la membresía del padre de Kast, Michael Kast, en el partido nazi a los 18 años; la coincidencia en lugar y fecha de nacimiento ha alimentado ese debate, aunque la noticia misma apunta con cautela sobre las posibles dudas de identidad.
No es un radical aislado en el concierto latinoamericano: su figura ha sido comparada por observadores con líderes como Donald Trump, Javier Milei o Nayib Bukele. Esa comparación no la exige la retórica sino los hechos: una derecha que reclama orden, seguridad, control migratorio y un discurso nacionalista-populista que desconcierta a quienes esperaban una deriva más moderada.
Hay, además, un conjunto de símbolos que no pueden soslayarse. El vínculo familiar con la era militar no es menor: su hermano Miguel Kast ocupó cargos relevantes en ese gobierno, como ministro y presidente del Banco Central. Kast, católico y cercano al movimiento Schoenstatt, se presenta como heredero de una tradición conservadora que blande valores y firmeza; pero al hacerlo alimenta también el recuerdo de un pasado marcado por graves violaciones de derechos humanos.
Políticamente, su triunfo es la concreción de una derecha que se redefine: dejó las siglas tradicionales, rompió con lo «políticamente correcto» y ofreció a los electores una propuesta distinta que, tras el estallido social y el fracaso de la propuesta constitucional de 2023, consiguió afianzarse y vencer. Rodrigo Pérez Stiepovic, compañero de Kast desde la universidad, lo recuerda como improbable candidato; hoy será su principal asesor jurídico. Ese itinerario personal y colectivo explica la fuerza de su victoria.
Queda por verse si la intención declarada de combatir la inseguridad y controlar la migración se traducirá en políticas eficaces, respetuosas del Estado de derecho y capaces de sanar las fracturas sociales. Lo que no admite ambigüedad es que el triunfo de Kast marca un punto de inflexión: Chile emprende un giro conservador que reabre discusiones fundamentales sobre memoria, democracia y futuro. El país que se reclama moderno y culto enfrenta ahora la prueba de conciliar orden y derechos, sin renunciar a la verdad histórica ni a la dignidad de las víctimas. Esa es la cuenta que el nuevo gobierno deberá rendir, y esa es la vigilancia que la ciudadanía, y la historia, exigirán.
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