Chernóbil herida: la gran arca que ya no está sellada
El Nuevo Confinamiento Seguro fue dañado por un dron en 2025; la estructura es íntegra pero dejó de ser hermética

Redacción · Más España


Hace cuatro décadas la catástrofe del reactor 4 de Chernóbil marcó a una generación. Lo que se concibió entonces como un refugio provisional, el sarcófago construido en los primeros 200 días tras el accidente de 1986, fue con el tiempo presa de grietas y agujeros que llegaron a superar los 1.000 m2. El riesgo de fuga radiactiva exigió algo mayor: el Nuevo Confinamiento Seguro, la gigantesca "arca" de acero diseñada para sellar herméticamente el cuarto reactor durante 100 años.
Esa arca, levantada entre proyectos internacionales y financiada por decenas de donantes —una obra de más de US$2.000 millones inaugurada en 2016— fue golpeada por la realidad bélica. El 14 de febrero de 2025, un dron Shahed impactó contra el NCS. El director de la central, Serhii Tarakanov, explicó a la BBC que el choque provocó un gran agujero y desencadenó un incendio que duró semanas. La membrana hermética del arca sufrió quemaduras y para localizar y apagar el fuego los bomberos tuvieron que abrir 340 orificios en esa misma membrana.
Con el año transcurrido desde el impacto se pudo sellar el hueco originado por el dron, pero los trabajos de reparación son apenas el comienzo. El Nuevo Confinamiento Seguro, según las autoridades, permanece estructuralmente íntegro, pero ya no es hermético. Y esa pérdida de hermeticidad no es una cuestión técnica menor: el arca cuenta con revestimiento interior y exterior y con un espacio anular diseñado para mantenerse a una humedad y presión concretas que ralentizan la corrosión y ofrecen una barrera adicional contra la radiación.
Sin la membrana intacta, ventilación y control de humedad no operan como fueron concebidos. Existe ahora una comunicación directa entre el interior del arca y el exterior, lo que impide mantener las condiciones previstas. El propio director prevé que, como consecuencia de esta situación, la corrosión de las estructuras podría acelerarse a partir de 2030. Es una cuenta atrás que no se debe minimizar: la solución no se agota en tapar un boquete; exige restaurar el hermetismo de todo un sistema pensado para contener por un siglo los restos radiactivos del reactor.
La historia de Chernóbil enseña que los riesgos tardan en manifestarse pero no desaparecen por decreto. Que la arca fuera más alta que la estatua de la Libertad o el Big Ben y que costara millones no la hizo invulnerable a un impacto bélico. Hoy, la pregunta es clara y urgente: ¿cómo se garantizará que ese gigantesco sello vuelva a cumplir su función de blindaje para el medio ambiente y la humanidad? La respuesta exige transparencia en los trabajos, recursos sostenidos y vigilancia internacional; porque la pérdida de hermeticidad de una estructura diseñada para proteger al mundo es un problema que no conoce fronteras.
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