Boric se va: balance de una promesa que mutó en pragmatismo
Cuatro años, aciertos palpables y deudas políticas que durarán más allá del traspaso

Redacción · Más España


Gabriel Boric asume y se retira del poder habiendo escrito con manos jóvenes, barba y tatuajes una etapa singular en la historia reciente de Chile. Electo en 2022 en medio de la conmoción postestallido y la pandemia, llegó con ambiciones refundacionales: cambiar la Constitución heredada de la dictadura y enterrar el modelo neoliberal. Cuatro años después, su despedida en La Moneda —«He dado lo mejor de mí para estar a la altura de esta responsabilidad, y puedo decir con tranquilidad y convicción que me voy con la frente en alto y las manos limpias»— resume un mandato de vigor retórico y de realismo aprobador.
No hubo, en efecto, la revolución radical que anunciaba la campaña. La Constitución que impulsó fue rechazada. Y muchas de las iniciativas iniciales, como varios analistas reconocen, no hallaron sentido ni apoyo suficiente. Pero la historia política no perdona la intransigencia: frente a un Congreso sin mayorías, Boric ejerció la capacidad menos llamativa pero quizá más eficaz de la política práctica: enmendar la ruta.
Ese viraje propositivo produjo logros tangibles. La reforma al sistema de pensiones, largamente esquiva en Chile, avanzó: aumentos graduales del ahorro privado y reducción de comisiones son, según expertos citados, el principal legado técnico de su gobierno. Se redujo la jornada laboral de 45 a 40 horas; el salario mínimo subió más de un 50%; se extendió la gratuidad del sistema público de salud a sectores medios. Son conquistas sociales con efecto inmediato en la vida de millones.
En el terreno macroeconómico también hay hits que exhibir: la inflación, que alcanzó 14,1% en agosto de 2022, cayó a 2,4% anual en febrero, cifra que analistas atribuyen al accionar combinado del Ejecutivo y la independencia del Banco Central. Es decir: normalizar una economía golpeada fue parte de la tarea cumplida.
Paralelamente, Boric trazó una política exterior con códigos claros: la defensa de los derechos humanos y la condena a fraudes electorales. Fue el primer presidente de izquierda en la región en denunciar el resultado oficial de las elecciones venezolanas de 2024 como un intento de fraude. Esa postura marca una nueva izquierda regional, menos tolerante con autoritarismos sin etiquetas ideológicas.
Pero los aciertos coexisten con deudas. La ambición de refundar el país mediante una nueva Constitución quedó en el camino; proyectos y promesas originarias perdieron fuste frente a la necesidad de acuerdos. La imagen de un gobierno que quería ser la "tumba del neoliberalismo" terminó matizada por la búsqueda de soluciones pragmáticas y pactadas.
Y ahora, al filo del traspaso, Chile se prepara para un cambio radical de gobierno: José Antonio Kast, definido como ultraconservador y señalado como el próximo presidente más de derechas desde la dictadura, tomará el mando. El país que recibe Kast no es el mismo que Boric encontró en 2022, pero tampoco es el que Boric soñó legar: es un Chile con avances sociales concretos, con promesas inexorables pendientes y con una lección política clara sobre los límites del maximalismo ideológico en un país polarizado.
La página que cierra Boric es, en ese sentido, ambivalente: mérito por haber sabido rectificar a tiempo y construir consensos mínimos; deuda por no haber cumplido la parte más transformadora de su programa. Así se escribe la política real: en la tensión entre lo que se promete y lo que se puede acordar. Y así, con ese aprendizaje adquirido en la plaza pública y en el gobierno, Chile entra en una nueva etapa que pondrá a prueba lo que queda de la herencia boricista.
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