Belorado: la rendición silenciosa de un cenobio que interpela a todos
Las ex monjas entregan las llaves al Arzobispado tras dos años de conflicto y múltiples pleitos abiertos

Redacción · Más España


La madrugada del 12 de marzo de 2026 quedará en la memoria como la hora en la que se cerró, por ahora, un capítulo turbulento: a las 02:46 las ex monjas de Belorado abandonaron el monasterio burgalés y, más tarde, entregaron las llaves al Arzobispado, cumpliendo el plazo fijado por el Juzgado de Briviesca.
No fue una expulsión forzada en el sentido físico de la palabra: su abogado y procuradora hicieron entrega voluntaria de las llaves a la comisión judicial, evitando que la Guardia Civil tuviera que proceder a un desalojo. Pero el gesto tuvo la densidad de un desenlace: la exabadesa apagó una última vela en el altar y se cortó la luz del edificio. Acto simbólico y despedida material de una casa comunitaria que, según la información, fue sede de la comunidad desde el siglo XIV.
No se trata de un hecho aislado, sino de la concreción de una ejecución provisional de la sentencia dictada el 31 de julio, que resolvió a favor de la Iglesia católica la propiedad del convento y decretó su desalojo. Las ex religiosas confían, según su abogado Florentino Aláez, en que el Tribunal Supremo les acabe dando la razón y puedan volver “más pronto que tarde”. Es la esperanza procesal que sostienen mientras se repliegan a una nueva localización: un realojo temporal en Toledo, vinculado familiarmente a una de ellas.
El retiro de Belorado se produce en medio de múltiples frentes judiciales: además del procedimiento principal, hay otra demanda de desahucio sobre el monasterio de Orduña y procedimientos paralizados en Bilbao, donde se investiga también por presunto maltrato a monjas ancianas y por la venta de bienes y obras artísticas del patrimonio de Belorado. El abogado ha mostrado su intención de tomar fotografías en la entrega para acreditar que el inmueble queda en perfecto estado y que no se han sustraído bienes.
La escena es doblemente elocuente: por un lado, la ejecución de una sentencia que obliga a desocupar; por otro, la persistencia de litigios y reclamaciones que mantienen abierto el conflicto. Lo que ha terminado hoy en Belorado no es necesariamente el fin del pleito ni la última palabra sobre la propiedad, la autoridad eclesiástica o el destino de las religiosas que abandonaron la Iglesia en mayo de 2024 y fueron excomulgadas por cisma.
Queda, además, la pregunta sobre la gestión —jurídica y humana— de conflictos que afectan a patrimonio histórico y a comunidades con siglos de vida. Aquí no cabe la complacencia: la ley se ha ejecutado, pero las contiendas pendientes y el dolor de quienes dejan su hogar reclaman una resolución que combine seguridad jurídica con sensibilidad hacia los lazos personales y culturales que se rompen.
Si las partes confían en el Supremo, como declara su defensor, será la jurisdicción la que trace el siguiente capítulo. Mientras tanto, en Belorado se apagaron las luces y quedó el silencio de un convento vacío; pero las causas, los procesos y las preguntas siguen encendidas.
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