Andalucía reclama su propio pulso: Adelante crece y no pide permiso
El andalucismo millennial y anticapi de José Ignacio García gana espacio con redes y frescura

Redacción · Más España


En política, como en la cocina de nuestra tierra, la habilidad pour tirer partido de lo poco no es virtud menor: es supervivencia. José Ignacio García, el Gafa, ha pasado cuatro años «a puchero diario» en el Parlamento andaluz, estirando recursos y dos diputados frente a una mayoría absoluta que domina Juan Manuel Moreno. Lo que para algunos era penuria, para ellos fue taller de ingenio. Y los sondeos recientes del CIS lo destilan con claridad: de dos a seis diputados, un avance que no es anecdótico sino anuncio de presencia.
Que a alguien le hubieran escrito la esquela política tras la marcha de Teresa Rodríguez y que ahora ese epitafio se desdiga, tiene un sabor que va más allá del triunfo momentáneo: es la constatación de que el andalucismo puede reaparecer con piel joven y código digital. García y su equipo no han descubierto una fórmula mágica; han conjugado cercanía y viralidad, discursos combativos dentro del Parlamento y una comunicación alegre fuera de él. Resultado: intervenciones que circulan, directos que enganchan y camisetas con mensaje que son ya emblema.
No es igual el andalucismo de Teresa que el de José Ignacio; no pretenden serlo. Rodríguez fue aguerrida y batalladora; García apuesta por la amabilidad y la complicidad, por un tono menos áspero y más festivo. No es nostalgia del 15-M ni réplica exacta de aquel registro: es otra fase política. Y, según el politólogo Fran Delgado, ese crecimiento —aunque modesto en términos de gobernabilidad si el PP retiene por la mínima la mayoría absoluta— sí legitima un proyecto propio andalucista y anticapi que abre espacio para futuras consolidaciones.
Quien observe la estrategia advertirá que el núcleo del éxito no yace solamente en el Parlamento, sino en las pantallas. Redes sociales, vídeos cortos, directos y un diseño que mezcla lo andaluz con lo retro han sido la artillería con que Adelante ha alcanzado a los millennial andaluces, la llamada generación del mollete. Su responsable de comunicación lo deja claro: quieren competir en los terrenos en los que se mueve la extrema derecha para disputar retina y voto juvenil, sin quedarse en el mero meme.
Hay ironía también en su narrativa: reivindican la alegría popular —el Carnaval, la Feria— como patrimonio político de la izquierda frente a quienes podrían privatizar hasta el color de nuestras fiestas. Es una puesta en escena que enlaza con el discurso del candidato: una oposición correosa, con golpes de efecto pero desprovista de esa grisura solemne que espanta a la juventud.
No hay que sobredimensionar lo que dicen las encuestas: si el PP conserva la mayoría absoluta, el mapa de la gobernabilidad apenas se altera. Pero la política no es solo alfileres y mayorías; es también símbolos, representaciones y capacidad de proyectar futuro. Que Adelante pase de dos a seis diputados sería, antes que una sacudida de cuadrantes, la confirmación de que en Andalucía hay espacio para otra voz andalucista, joven y contestataria.
Es momento de atender a lo concreto y a lo simbólico. Los adversarios que escribieron esa esquela quizá ahora deban leer la entera lápida: Andalucía no renuncia a su ingenio, y quienes lo practican lo hacen con camisetas, directos y un talante que mezcla crítica y fiesta. La política regional aparece así con nuevos acentos; la cuestión es si los viejos oídos están dispuestos a escucharlos o seguirán creyendo que la historia electoral de Andalucía se reduce a viejas recetas.
Al final, más que una victoria de cartografía, lo que asoma es un replanteamiento de cómo se habla a la gente joven y cómo se transforma la indignación en proyecto. Si Adelante consolida su crecimiento, no será por capricho: será por haber hallado, en tiempos de austeridad parlamentaria, la manera de convertir el puchero en banquete político.
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