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Albares busca cerrar heridas: la diplomacia del gas y el Sahara

Una visita que combina intereses energéticos, control migratorio y la incómoda cuestión del Sáhara

Redacción Más España

Redacción · Más España

26 de marzo de 2026 4 min de lectura
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Albares busca cerrar heridas: la diplomacia del gas y el Sahara
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El regreso oficial de José Manuel Albares a Argel no es una foto de amistad casual sino una operación diplomática con objetivos concretos y medibles. Cuatro años después de la ruptura por el giro español a favor de Marruecos en el contencioso del Sáhara Occidental, y dos años después del deshielo que supuso el retorno del embajador argelino a Madrid, el Gobierno trata de sellar una reconciliación que se apoya en intereses estratégicos compartidos.

La agenda es clara y, sobre todo, práctica: suministro de gas, control de la inmigración irregular y el proceso de diálogo sobre el Sáhara impulsado por Estados Unidos el mes pasado en Madrid. Albares se reúne con su homólogo Ahmed Attaf y con el ministro de Hidrocarburos, Mohamed Arkab, para hacer “un amplio repaso” de la relación bilateral y darle impulso a la agenda común. No son gestos simbólicos: desde 2025 Argelia ha sido el primer proveedor de gas de España, con cerca de un 35% de las importaciones, y el Medgaz —único gasoducto operativo entre ambos países— muestra flujos que rondaron los 28 millones de metros cúbicos diarios en enero y febrero frente a una capacidad máxima de 32 millones.

El mapa económico dibuja la urgencia del encuentro. Las exportaciones españolas a Argelia se dispararon en 2025 hasta 2.133 millones de euros, un aumento del 270% respecto a 2024, tras el levantamiento en 2024 de las restricciones comerciales impuestas en 2022. No hay que olvidar que las ventas al país magrebí se desplomaron en 2023 a 351 millones desde los 2.906 millones de 2019: un recordatorio de lo que estallan las rupturas diplomáticas cuando la política sustituye a los intereses mutuos.

También hay lectura de seguridad: la lucha contra la inmigración irregular sigue en la agenda. Las entradas por vía marítima y terrestre descendieron el año pasado un 42,6%, la mayor reducción desde 2019, aunque Baleares rompió la tendencia con un aumento del 24,5%, mayoritariamente en pateras procedentes de costas argelinas. El intercambio con Argelia en materia de interior ya había tenido señales de normalización: el ministro del Interior visitó Argel en octubre de 2025 y fue recibido por el presidente Tebún.

Y, por supuesto, el Sahara: el proceso de diálogo auspiciado por Estados Unidos en Madrid reunió en febrero a ministros de Marruecos, Argelia y Mauritania y al jefe de la diplomacia del Frente Polisario. Albares recibió entonces a varios asistentes, entre ellos su homólogo argelino. Fue precisamente la ausencia de la cuestión saharaui en la agenda lo que frustró una tentativa de visita en 2024; la omisión le cerró la puerta a una audiencia del jefe del Estado en entonces.

No todo está firmado ni resuelto: el tratado de amistad, buena vecindad y cooperación de 2002 permanece suspendido por orden del presidente argelino desde 2022. Y sin ese andamiaje jurídico las palabras de reconciliación deben traducirse en hechos y garantías.

La visita incorpora además un componente cultural y humano: la inauguración oficial del Instituto Cervantes en Orán, que será el segundo en el país, y un acto de memoria histórica al exilio republicano junto al monolito dedicado al mercante Standbrook. Casi 40.000 alumnos argelinos estudian español en la enseñanza reglada y unos 3.500 en la universidad, un vínculo blando que suma sentido a la diplomacia dura del gas y la seguridad.

En el telón de fondo económico se cuela la prospectiva: según Bloomberg, Gobierno y Naturgy estudian incrementar en más de un 12% el volumen de gas argelino hacia España, tras una subida de precios ligada a la incertidumbre en Oriente Próximo. Esa posibilidad no es menor: refuerza la razón práctica de la visita y explica por qué la diplomacia se apoya hoy más que nunca en acuerdos energéticos.

La foto que salga de Argel no solo medirá sonrisas y apretones de mano; medirá caudales de gas, cifras de comercio, acuerdos de control fronterizo y la capacidad de Madrid para encajar el diálogo saharaui sin renunciar a sus intereses. Si la reconciliación va a ser duradera, habrá de sostenerse en contratos, flujos y protocolos verificables, no solo en declaraciones. La diplomacia, cuando trata asuntos tan sensibles, exige resultados tangibles. Eso es lo que España va a procurar —o lo que, al menos, intenta en esta nueva vuelta a Argel—.

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