Aitor Esteban, año I: la encrucijada de un PNV que quiere ser centro y teme al relevo
Balance de doce meses: centralidad, juventud y una amenaza persistente desde Bildu

Redacción · Más España


Cumplir un año al frente de un partido centenario no es un mero trámite: es un examen público. Aitor Esteban ha celebrado ese primer aniversario con un discurso claro hacia los jóvenes, con gestos simbólicos en actos de Euzko Gaztedi Indarra y con la promesa cumplida de modificar estatutos. Pero prometer no es ganar, y la realidad se llama 2027 y se escribe, ya, en encuestas.
El PNV se propone ondear la bandera de la «centralidad» y reivindicar un autogobierno expansivo. No hay duda de que esa apuesta tiene sentido estratégico: posicionarse como alternativa moderada frente a la izquierda abertzale y conservar el espacio electoral que aún le otorgan sondeos como el Sociómetro autonómico. Pero la sangría demográfica del voto nacionalista —con una parte significativa por encima de los 65 años— y la capacidad de atracción de EH Bildu entre menores de 30 años dibujan un escenario inquietante que no admite complacencias.
Las estadísticas no son caprichosas. Informes públicos citados muestran un empate técnico o ligera ventaja según la fuente: mientras un Focus sitúa a Bildu por delante en un hipotético escenario general, el Sociómetro daba al PNV aún la delantera en intención de voto autonómica. El mensaje es nítido: el trantrán no basta. La renovación de candidaturas no es ya opcional, es imperativa.
Añádase a esto la trampa política en la que Esteban quedó inmerso por la reforma de junio de 2025 sobre el uso del euskera en la administración, y el mapa se complica. Casi un centenar de sentencias han mostrado la ilegalidad de imposiciones lingüísticas sistemáticas; la Korrika y el veto contra Comisiones Obreras tensaron aún más la situación; y la presencia polémica —no aclarada por el líder nacionalista hasta el final de la carrera— de individuos vinculados a la violencia en manifestaciones públicas ha añadido combustible a la discusión.
En el tablero institucional Esteban ha jugado con cautela: abrió negociaciones con EH Bildu y con el PSOE vasco para cerrar un «nuevo estatus», anunció avances y marcó plazos que se han dilatado. Ese aplazamiento tiene su coste: obliga a elegir pronto entre seguir buscando acuerdos con los socialistas o ceder ante la oferta de una coalición más próxima a la izquierda abertzale. No hay virtudes en la indecisión cuando enfrente hay quien cuestiona las formas y quien, a la vez, tienta con listas conjuntas.
La contienda interna tampoco ha permanecido silente. Interrogantes sobre quién manda han emergido desde el PSE-EE; debates sobre casos como el palacete de Getxo, el relevo en la BBK o decisiones empresariales de la Fundación Kutxa han mostrado fisuras en la gobernanza del partido. El recurso a figuras institucionales como el lehendakari Imanol Pradales para recuperar protagonismo en la promoción del euskera revela, además, que la comunicación y la presencia pública han sido áreas de disputa.
No se puede eludir el factor de la alianza con el Estado: Esteban ha reivindicado el autogobierno y ha encontrado en Pedro Sánchez un aliado. También hubo gestos hacia Alberto Núñez Feijóo, incluida la foto del Ercilla. Son guiños tácticos que buscan oxigenar una estrategia centrista; pero los gestos no sustituyen ni a la claridad programática ni a la renovación de cuadros.
El veredicto es elemental y exige honestidad: el primer año ha servido para marcar líneas y evitar desbordes, pero el reloj electoral no espera. Rejuvenecer candidaturas, concretar posiciones sobre el euskera y decidir con quién pactar el futuro del autogobierno son tareas que no admiten dilaciones. Si el PNV quiere mantener la centralidad que proclama, deberá moverse con rapidez y con mano firme antes de que la atracción de Bildu por el electorado joven consolide lo que hoy son amenazas y encuestas.
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