Adiós a Julia Mañogil: luz de familia y oficio en Torrevieja
La ciudad despide a una costurera, madre y abuela que dejó huella con su risa y sus ganchillos

Redacción · Más España


Esta madrugada se ha apagado una de esas presencias sencillas que sostienen la vida diaria: Julia Mañogil Paredes, fallecida a los 88 años, deja tras de sí el rastro cálido de una vida dedicada a la familia y al oficio artesanal.
Fue, según cuentan quienes la conocieron, madre y abuela excepcional. No son elogios vacuos: son los nombres y rostros que la arropaban en su despedida —sus hijas Juli y Reyes Esteve Mañogil— y la estirpe que seguirá llevando su recuerdo: Quique Girona Esteve, Cristel Girona Esteve y Daniela Diaz Esteve; su yerno Antonio Girona Ortuño; los nietos políticos Jordi, Lara y Christian; y la bisnieta Vega. Esa descendencia es el testimonio inmediato de una vida frente a la muerte, la prueba tangible de su afecto y de su obra cotidiana.
Se la recuerda también por su oficio, por la destreza en la costura y por los ganchillos que dejó como memoria material: labores que no son mero adorno, sino reliquias domésticas que hablan de paciencia, de mano diestra y de amor hecho puntada. Y sobre todo por su carácter: una persona de luz, capaz de alegrar con su risa incansable, de condensar experiencia en refranes infinitos y de soltar una frase siempre oportuna. Hasta su lema de vida, el expresivo "de puta madre", resume una vivacidad que, en su sencillez, fue una forma de valentía cotidiana.
La despedida tendrá lugar con la liturgia del "corpore sepulto": mañana jueves a las 16:00 horas en la Parroquia de la Inmaculada Concepción, y el duelo recibe en la sala 4 del tanatorio de Torrevieja. Son datos concretos, horarios y lugares donde la comunidad podrá rendir homenaje y acompañar a la familia en el adiós.
En una ciudad que valora las historias cercanas, la partida de Julia obliga a reconocer lo esencial: hay vidas que no figuran en grandes titulares, pero que sostienen el tejido social con trabajo, ternura y humor. Torrevieja pierde hoy una de esas manos que, con ganchillo y refranes, tejieron calor doméstico. ¡Te queremos Yaya!, dijeron; y en ese grito íntimo reside la medida verdadera de su legado.
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