Abascal asesta golpes y mantiene la mirada en Feijóo: duelo por el voto de la derecha
Vox delimita pactos autonómicos y enardece la pugna nacional para erosionar al líder del PP

Redacción · Más España


Cuando la política se reduce a pulsos y a estrategia, Santiago Abascal ha elegido sus dos frentes con precisión: la inmigración como bandera y el liderazgo de Alberto Núñez Feijóo como blanco. En Huelva, en un mitin de precampaña, calificó implícitamente al líder del PP de hombre de dudas: hoy va para aquí y mañana para allá. No fue un exabrupto aislado sino la pieza visible de una táctica repetida y deliberada.
Vox ha acotado sus pactos con el PP al ámbito autonómico —Extremadura y Aragón, y con Castilla y León allanado el camino— mientras mantiene el choque con Génova y su presidente. ¿Por qué? Porque la batalla real no es por consejerías; es por La Moncloa y por arrebatar a Feijóo ese electorado compartido que decidirá en 2027 quién encabeza la derecha.
Los sondeos de Sigma Dos para EL MUNDO que se citan en la crónica explican el porqué de la ofensiva: una parte importante del voto que abandona a Feijóo lo hace por "descontento con el liderazgo del PP" y por su "gestión en la oposición". Esa brecha es la que Vox exprime con insistencia, acusando al PP de una oposición a tiempo parcial y de ambivalencias que, a juicio de Abascal, lo dejan vendido ante Sánchez.
No es casualidad que, al mismo tiempo, el liderazgo de Abascal resista mejor el desgaste en las encuestas que el de Feijóo. Las cifras reflejan que menos votantes atribuyen su marcha de Vox a su presidente que los que se marchan del PP por la figura de su líder. Pero tampoco es un triunfo intacto: abril ya muestra un 20,8% que se iría de Vox por "descontento" con Abascal y un 23,9% que alude a la salida de algunos líderes del partido. La expulsión de Ortega Smith y las crisis internas pesan, aunque la valoración media del elector sobre Abascal sigue por encima de la de Feijóo.
Así pues, Vox no renuncia a sus pactos territoriales pero eleva la pugna a la esfera nacional. Lo vemos en iniciativas parlamentarias: el presidente de Vox llevó al Congreso un texto sobre la "prioridad nacional" que obligó a Feijóo a posicionarse. No ganó todo, pero logró que el PP asumiera conceptualmente parte del terreno discursivo que Vox había abierto. Fue, de nuevo, una pieza de ajedrez estratégico.
¿Es una audacia o una necesidad electoral? Abascal apuesta a que la erosión del liderazgo popular y la capitalización del descontento lleven a Vox a crecer como alternativa, o, cuando menos, a condicionar el espacio que Feijóo aspira a consolidar. Feijóo, por su parte, afronta el riesgo de que esa estrategia funcione: perder electores por dudas sobre su liderazgo sería, para el PP, una factura difícil de pagar.
La nueva etapa que se abre hasta las generales promete disputas abiertas: pactos regionales con manos firmes y un choque permanente en la cúpula de la derecha. Y en el centro de esa contienda está la pregunta que decidirá el pulso: ¿logrará Vox convertir el desencanto con Feijóo en voto propio, o el PP absorberá y reconducirá esa inquietud hacia una alternativa unificada? Por ahora, Abascal ha optado por tensar la cuerda. Que nadie espere que la afloje pronto.
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