Ábalos y Koldo: la ruta íntima hacia la encrucijada del poder
Una relación nacida en la carretera, marcada por la asimetría y el silencio

Redacción · Más España


El interrogatorio arrancó por lo esencial: el encuentro de dos desconocidos que, por el propio ejercicio de sus inteligencias y la condición de sus vidas, comenzaron a rozarse y, después, a fundar una relación de una intensidad singular. Eso contó José Luis Ábalos en la primera pregunta: un vínculo que nació en la carretera y bajo la sombra del poder.
No es una anécdota trivial. Ábalos explicó que, en su nueva tarea como secretario de Organización, necesitaba “un conductor que aguantase mis horarios”: alguien no sujeto a un convenio sindical, que le acompañara —dijo— “24 horas al día”. Fue esa necesidad práctica la que abrió la puerta a Koldo García, recomendado por Santos Cerdán tras haberse cruzado de forma superficial en las primarias de 2017.
La crónica reconstruye con minucia el escenario: Koldo, en desempleo cuando fue propuesto; la mujer de Koldo, Patricia Úriz, y las conversaciones domésticas previas a tantos viajes; la idea de que aquel conductor no iba a ser un chófer ordinario sino un militante en contacto permanente con el todopoderoso número dos del partido una vez que éste alcanzara el Gobierno. Pedro Sánchez, en 2014, había dedicado un post en Facebook a Koldo, dato que demuestra que su figura ya tenía antecedentes públicos.
Hay que subrayar la asimetría. La relación nació viciada en términos de igualdad: el poder y el acceso que confiere estaban de un lado; la situación personal y laboral —el desempleo— del otro. Es en ese contraste donde se fraguan las posibilidades humanas que describe la pieza: confianza, dependencia, complicidad y la luz tenue de los secretos compartidos.
La crónica insiste, con lenguaje casi novelesco, en los silencios y en los momentos previos a la revelación. Viajes largos por la meseta, conversaciones que tantean inteligencias, la tensión del mutuo reconocimiento: “cuando alguien te dice que le resultas atractivo, y tú respondes que la atracción es mutua, hay automáticamente un silencio tenso”, escribe el periódico para señalar ese instante decisivo en que una relación personal puede virar hacia algo mayor.
No es menor la observación sobre el carácter de Ábalos. La pieza presenta a un dirigente más sociable y cercano de lo que la etiqueta de “huraño” podría sugerir: un hombre que se roza con el mundo y que, en la cercanía, muestra otra faz. Y allí radica el dilema humano que plantea la crónica: el momento en que alguien con todo que perder se plantea, aunque sólo sea en su cabeza, traspasar límites.
El relato recurre a imágenes y referencias culturales —desde Quico Cadaval hasta Juan Marsé— para enmarcar la escena: viajes que despiertan asombro, silencios que marcan la novela, consuelos intercambiados que preceden a confesiones. Son recursos literarios usados por la crónica para desnudar la plasticidad humana de lo que, a primera vista, sería sólo un expediente judicial.
Queda, tras la lectura, la sensación de que lo decisivo no es sólo lo que se investigue en sede penal, sino lo que ocurre en los intersticios de la vida privada y pública cuando el poder se instala en un vehículo cerrado. Ahí, en el hábito cotidiano de la cercanía ininterrumpida, se forjan voluntades, conveniencias y, quizá, riesgos que ahora el tribunal trata de desentrañar.
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