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Ábalos planta batalla en sus últimas palabras: mensaje y aviso al Gobierno

El exministro responde con dureza a las acusaciones y denuncia una presión mediática que, dice, desarma al procesado

Redacción Más España

Redacción · Más España

7 de mayo de 2026 3 min de lectura
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Ábalos planta batalla en sus últimas palabras: mensaje y aviso al Gobierno
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La escena tuvo algo de dramaturgia controlada: última palabra, turno final, y 40 minutos de un exministro que no pareció dispuesto a dejar pasar la ocasión sin poner en pie su versión y su queja.

José Luis Ábalos arrancó con un gesto casi confesional —«Me juego la poca vida que me queda, que tampoco es demasiada»— y transmutó esa apelación a lo personal en una denuncia de fondo: una «causa predeterminada» y una «presión mediática orquestada, financiada, guiada y nutrida de filtraciones de la propia investigación». No es una frase leve; es la tesis que vertebró buena parte de su defensa: los juicios paralelos que, en su opinión, intoxican el proceso y dificultan una defensa real cuando la causa es «de esta magnitud».

Ábalos no evitó el enfrentamiento directo con las pruebas y las voces que sustentan la acusación. Puso en cuestión la aportación del coacusado Víctor de Aldama y se mostró escéptico sobre afirmaciones citadas por el fiscal jefe de Anticorrupción. Rechazó la versión de que Sánchez fuera «el número uno de la organización criminal» y calificó de «fábula» la explicación de Aldama sobre la existencia de una organización desde 2015: «Yo el año 15 no conocía a estos señores», dijo, y preguntó por lo que le habrían hecho mal para merecer tal tratamiento.

En el plano de las imputaciones más tangibles, Ábalos restó peso a los dos contratos en empresas públicas de su exnovia y de una conocida suya: «Dos contratos temporales de dos plazas masivas. ¿Eso es colonizar la administración?». Así los presentó como algo menor frente a la narrativa acusatoria que les atribuye delitos de tráfico de influencias.

No rehusó la ironía ni el sarcasmo para minar la sospecha sobre cantidades: «¡Diez mil euros! ¿Qué barato soy!», exclamó en referencia a una mensualidad que, según De Aldama, habría pasado para gastos corrientes. Fue el prólogo de lo que el propio Ábalos definió como un aviso: «¿Creen que yo ignoro las gestiones de otros ministros, actuales y pasados?». Una pregunta que sonó menos retórica que política, lanzada desde la tribuna de la defensa final.

Koldo García, por su parte, empleó 25 minutos en insistir en la otra línea de defensa que resonó en la sala: la indefensión por la falta de acceso a los dispositivos electrónicos incautados. Si Ábalos denunció el ruido público, García puso sobre la mesa la imposibilidad de demostrar lo que, asegura, podrían acreditar sus móviles.

La jornada culminó con la fórmula procesal: «visto para sentencia». El presidente del tribunal comunicó el cierre del juicio, y la Ley citada por Ábalos fija tres días para dictar sentencia, aunque el Supremo —como todos los tribunales— se tomará, legítimamente, el tiempo que estime necesario.

No es una cuestión de solo palabras finales: es la puesta en escena de una defensa que apela a la idea de que el proceso ha sido condicionado por filtraciones y juicios paralelos, y que reclama, desde la penúltima palabra, una consideración del modo en que se forman las verdades en sede pública antes de convertirse en verdades legales.

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