Ábalos: la voz final de un juicio que él denuncia pactado
El exministro apela a su inocencia y denuncia un acuerdo entre la Fiscalía y Aldama

Redacción · Más España


El derecho al último turno de palabra es una concesión esencial en cualquier proceso penal. José Luis Ábalos ha decidido ejercerlo en el Tribunal Supremo como broche del juicio del llamado caso Mascarillas. Y lo hará con la firmeza de quien cree estar frente a algo más que un procedimiento: frente a una narrativa construida y, a su juicio, dirigida por su condición de quien fue.
Según fuentes próximas al exministro, el argumento nuclear que desplegará es diáfano: insiste en su inocencia y denuncia que existe “un pacto claro entre la Fiscalía y Aldama”. No se trata de una insinuación tibia: Ábalos sostiene que Aldama “ha metido a Jésica en su pacto” tras coaccionarla para que declarase en su contra. Es, en su versión, la prueba de una maniobra que va más allá del mero afán probatorio y entra en la esfera de la transacción procesal con efectos demoledores sobre la credibilidad de las pruebas.
Los datos objetivos del sumario aparecen en las mismas conversaciones de prisión a las que ha tenido acceso su entorno: el fiscal Alejandro Luzón reclama para Aldama tres años por delito continuado de cohecho y cuatro años por organización criminal. La acusación popular, ejercida por el Partido Popular, ha pedido la rebaja en dos grados por atenuante de confesión muy cualificada; dicha atenuación, de aplicarse, dejaría las penas por debajo de los dos años y abriría la vía a que Aldama evitase el ingreso en prisión por estos hechos. La fiscal general del Estado, Teresa Peramato, negó a Luzón la posibilidad de conceder esa rebaja, según se recoge en la información.
Ábalos enmarca la causa en un relato mayor: afirma que lo que ha encontrado la UCO es, esencialmente, un desajuste de 95.000 euros y que el resto de la acusación se sostiene en declaraciones de Aldama “que no ha demostrado nada”. Con esas premisas, denuncia una sentencia mediática y judicial ya escrita y anuncia que —si se produce una condena que considera ejemplarizante— llevará su queja a tribunales europeos, concretamente al Tribunal Europeo de Derechos Humanos en Estrasburgo. Hace patente su desconfianza no sólo en el Supremo sino también en el Constitucional, y anticipa la búsqueda de amparo internacional.
En el relato de su entorno emerge otra afirmación: Ábalos mantiene que no existe un acuerdo tácito con el Ejecutivo para proteger a Pedro Sánchez y que, pese a saber “cosas políticas” sobre el presidente, no existen elementos de corrupción o financiación ilegal que él pueda aportar para cambiar su suerte procesal. De ahí su decisión de no “tirar de la manta” y de limitarse a defender su inocencia hasta el final.
Llegado el momento en que el presidente de la Sala Segunda del Tribunal Supremo declare el juicio visto para sentencia, Ábalos usará su último turno para reproducir esos argumentos. Según sus allegados, la sorpresa no la dará él: “las sorpresas las da Aldama”, concluyen. Queda, pues, la última palabra, y con ella la posibilidad de que el discurso final del acusado entre en la historia del caso como testimonio de quien se niega a aceptar la versión dominante de los hechos.
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