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Ábalos ante el Supremo: aplomo, anécdotas y la ola negra de una biografía

Un ex ministro que supo convertir el estrado en escenario mientras el juicio desvelaba grietas

Redacción Más España

Redacción · Más España

4 de mayo de 2026 2 min de lectura
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Ábalos ante el Supremo: aplomo, anécdotas y la ola negra de una biografía
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José Luis Ábalos compareció ante el Tribunal Supremo con la compostura de quien ha desarrollado el arte de narrarse a sí mismo. Más aplomo que los otros dos acusados, voz tronante que llenó la sala: una presencia con cintura para encajar lo que la vida ha ido repartiendo.

No fue un estrado neutro, sino un escenario donde las anécdotas adquirieron peso probatorio. Diluyó la declaración de Aldama con la primera frase; relativizó sorpresas y situó su conducta en la lógica cotidiana: sensibilidad con Latinoamérica —sin concretar cuál—, relaciones extramatrimoniales como asunto “natural” y los ordenadores como una cuestión distante, propia de chavales. Apenas una constatación: la versión pública de la vida privada busca, a veces, desactivar la sorpresa con normalidad.

En el relato emergen nombres y escenas que no son irrelevantes. La relación con Jésica ocupó un lugar central: ella, la mejor de todas, le puso nombre al gesto que dejó en evidencia a muchos hombres contemporáneos —el ghosting— y negó pernoctaciones en el piso de plaza de España. Pequeñas butacas de verdad que la sala pudo revisar con atención.

Hubo humor y humanidad: Ábalos salió al receso haciendo reír a la oficial; hubo detalle estético —la nuca perfilada al milímetro— y un timbre grave que sugirió Hotel Savoy. La escena no borró las otras preguntas: menudeo de inmuebles en Madrid, su proverbial falta de dinero. Observadores presentes pensaron que alguien debería hablarle “como un padre”.

No son metáforas gratuitas: el ex ministro se mostró “un hombre enfrentado a su destino, tratando de surfear la ola negra de su biografía”. Esa ola no se desvanece por la anécdota más lograda ni por la voz que llena la sala. Quedó patente, además, una alianza práctica que vino a completar el retrato: Koldo y Ábalos, pareja funcional en carretera —él conducía, el ministro manejaba—, una pequeña escena que ayuda a entender el reparto de papeles fuera de los titulares.

El juicio, por tanto, dejó una lección: la declamación pública y la realidad procesal pueden coexistir en el mismo minuto, pero no se sustituyen. Las confidencias, los silencios y las frases de pasillo no borran los hechos que se examinan. Ábalos mostró tablas; el tribunal y la ciudadanía miraron detrás del telón.

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