Vecinos poderosos, ejército limitado: la sombra de EE. UU. sobre la fuerza armada mexicana
La intervención histórica de Washington condiciona la capacidad militar de México en la nueva ofensiva contra el narco

Redacción · Más España


La imagen heroica del uniforme no borra una verdad incómoda: el Ejército mexicano no fue concebido para la guerra convencional. Fue moldeado —como recuerda la historia que hoy nos ofrece la realidad— por un sistema político nacionalista y transaccional y por la vecindad con una potencia que siempre quiso decidir qué armas y qué capacidades eran «aceptables» en el sur.
No es una hipótesis: México lleva cerca de medio siglo sin adquirir un caza supersónico y hoy dispone de apenas tres aviones de combate operativos, según declaraciones oficiales citadas por la BBC. En un continente donde países semejantes cuentan con docenas de cazas y ejércitos con mayor «letalidad convencional», nuestra Fuerza armada aparece como atada al pasado revolucionario y a decisiones que no nacieron de una evaluación soberana de amenazas, sino de la conveniencia de mantener un actor nacional controlado.
Esa limitación estructural tiene consecuencias inmediatas. Cuando una unidad especial abatió a «El Mencho» —una acción que fue presentada como un golpe de fuerza histórico— la reacción criminal fue masiva: bloqueos, incendios y balaceras que sembraron 20 estados del país. La operación demostró dos cosas a la vez: capacidad para golpear a la cabeza del cartel y incapacidad para controlar el vasto territorio una vez desatado el conflicto.
No es casual que buena parte del arsenal mexicano provenga de Estados Unidos ni que, históricamente, Washington haya vetado compras que consideró «alterarían el equilibrio regional». Es la expresión tangible de una relación asimétrica: respaldo y tutela, protección y límites. Así lo sintetizan los analistas citados por la BBC: la política fue mantener un ejército «acotado» para evitar repeticiones de golpes de Estado y, simultáneamente, asegurar su alineamiento con la gran potencia del norte.
En aquel margen quedó también la decisión sobre el papel castrense en la seguridad interna. A diferencia de otras naciones, los militares mexicanos asumieron funciones de policía y presencia cotidiana, ganando legitimidad social y aceptación ciudadana pese a la debilidad en capacidades convencionales. Esa paradoja —soldados admirados con baja letalidad material— explica por qué hoy se les asigna la respuesta central a la guerra contra las drogas incluso cuando su estructura no fue diseñada para semejante desafío.
Y en el presente, la agenda política de Washington vuelve a chocar con la soberanía reclamada por Palacio Nacional. La BBC cita percepciones que describen la aproximación de la actual administración estadounidense como de corte neocolonial. Sea cual fuere la palabra, el hecho es que la influencia de Estados Unidos no es un capítulo superado: condiciona decisiones de compra, alianzas y, por extensión, la capacidad mexicana para decidir y actuar con autonomía plena.
De ese cruce entre simbolismo y limitación surge la pregunta que clama respuesta: ¿queremos un ejército que sea primordialmente emblema o una fuerza articulada por una estrategia soberana de defensa y seguridad interior? La respuesta no puede esquivarla la clase política ni la sociedad. Porque mientras se repiten gestas puntuales, el terreno seguirá demostrando que el control del territorio y la protección de la ciudadanía requieren algo más que heroísmo: requieren capacidad, inversión y una reflexión sin tutelas externas que condicionen la autonomía estratégica de México.
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