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Trump presume ganancias mientras la guerra en Oriente Medio expone a Estados Unidos

El conflicto beneficia a terceros —Noruega, Canadá y hasta Rusia— y deja a EE. UU. vulnerable pese al discurso triunfalista

Redacción Más España

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24 de marzo de 2026 3 min de lectura
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Trump presume ganancias mientras la guerra en Oriente Medio expone a Estados Unidos
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Donald Trump asegura que cuando sube el precio del petróleo "Estados Unidos gana mucho dinero". Una afirmación rotunda, cómoda para la tribuna; menos confortable para la realidad económica que se despliega sobre el terreno.

La guerra en Irán y los ataques que han afectado la arteria del estrecho de Ormuz han desatado una sacudida en los mercados energéticos. En teoría, la lógica es simple: cuando sube el precio del crudo, los productores se benefician. Pero no todos los productores son iguales ni todos los beneficios tienen el mismo origen ni el mismo destino.

Hay ganadores claros y sorpresivos. Noruega, tras haber aumentado producción tras la invasión rusa de Ucrania, aparece como proveedor alternativo capaz de aprovechar el desplazamiento de clientes. Canadá se apresura a presentarse como "estable, fiable, predecible y basado en valores", según su ministro de Energía, intentando capitalizar la búsqueda de sustitutos fuera de Oriente Medio. Y, paradójicamente, Rusia emerge como un gran beneficiario: flexibilizaciones desde Washington han permitido a Moscú aumentar ventas de crudo a países como India, con repuntes que, según algunas estimaciones citadas, podrían traducirse en miles de millones de dólares extra para Rusia.

Los beneficiados no son sólo productores del Atlántico Norte. El alza del carbón, impulsada por la búsqueda de fuentes energéticas alternativas, abre oportunidades para exportadores como Indonesia. El mapa de ganadores se reconfigura en pleno conflicto: no tanto por afinidades políticas, sino por capacidad de sustituir suministro y resultado del reajuste global de flujos energéticos.

¿Y Estados Unidos? Aquí la ecuación es más compleja que una consigna presidencial. Es cierto que productores estadounidenses podrían ver ingresos adicionales si los precios se mantienen en niveles altos. Pero la posición neta de EE. UU. no es necesariamente ventajosa. Empresas estadounidenses como ExxonMobil han sufrido paralizaciones y daños: operaciones en el centro industrial de Ras Laffan, en Qatar, han estado paralizadas y fueron blanco de ataques con misiles iraníes, con "daños extensos" reportados.

Además, la capacidad de muchos productores de petróleo de esquisto para aumentar producción no es inmediata: tras años de recortes ante precios más bajos, la elasticidad de oferta es limitada. Y lo más decisivo en clave doméstica: los estadounidenses son, per cápita, los mayores consumidores de petróleo y gas del mundo. Las subidas de precios se traducen en mayor gasto en calefacción, combustible y energía, y no sólo benefician a extractores; erosionan bolsillos y dinamizan la inflación.

Los economistas de Oxford Economics advierten que un petróleo disparado hasta 140 dólares podría arrastrar a la economía estadounidense a la contracción. La lección es clara: un revés geopolítico en Oriente Medio puede transferir riqueza hacia actores tan dispares como Noruega, Canadá, Rusia o grandes exportadores de carbón, mientras deja a la sociedad estadounidense pagando la cuenta.

No es una historia de vencedores absolutos ni de discursos triunfales. Es la crónica de un mundo energético interdependiente donde los atajos geopolíticos y las urgencias de seguridad alimentan ganancias inesperadas para rivales y aliados, y donde la aparente bonanza para algunos productores coexiste con una factura real para consumidores y economías enteras. Preguntemos, entonces, con honestidad estratégica: ¿quién realmente gana cuando el precio del crudo sube y quién termina pagando el precio?

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