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Theia: el choque que forjó la Luna y nos puso en órbita

La hipótesis del gran impacto y las huellas químicas que aún interrogantes

Redacción Más España

Redacción · Más España

15 de marzo de 2026 2 min de lectura
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Theia: el choque que forjó la Luna y nos puso en órbita
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La ciencia nos invita a mirar la Luna y a recordar un acto de violencia primordial: la hipótesis del gran impacto postula que un planeta llamado Theia, similar en tamaño a Marte, chocó con la Tierra primitiva y arrojó al espacio los materiales que acabarían aglutinándose en nuestro satélite.

Es la narrativa de un sacrificio cósmico que no es mero romanticismo astronómico, sino explicación cimentada en pruebas. Las misiones Apolo trajeron muestras lunares que, al ser analizadas, mostraron sorprendentes similitudes químicas con las rocas terrestres y signos de haberse formado bajo calor extremo. Esas piezas materiales son el esqueleto sobre el que se ha ido ensamblando la teoría.

Investigadores —incluido un equipo con participación del profesor Thorsten Kleine— publicaron en la revista Science nuevos análisis que reafirman la idea de que Theia y la Tierra fueron vecinos torpes en la caótica forja del Sistema Solar. Los avances en modelización y en técnicas geoquímicas han apuntalado la hipótesis del gran impacto como el mejor marco para entender la relación Tierra-Luna, según voces consultadas en la propia cobertura.

Pero la historia no está cerrada. ¿Qué pasó con Theia tras el choque? A diferencia de un asteroide que deja cráter y firma visible, Theia parece no haber dejado huellas claras en la superficie terrestre. Kleine recuerda que, con una masa en torno al 10% de la Tierra, Theia habría fragmentado y sido en gran parte absorbida por nuestro planeta; fragmentos suyos podrían haber formado parte de la mezcla lunar. Paradójicamente, los científicos no han hallado hasta ahora una señal inequívoca de la composición de Theia en las rocas lunares.

Especialistas como el profesor Raman Prinja y la geóloga lunar Sarah Valencia subrayan que las pistas contenidas en las muestras apolíneas son solo la punta del iceberg: la similitud química y la evidencia de vaporización por calor intenso son consistentes con un origen en un impacto masivo, pero quedan incógnitas por resolver.

La conclusión provisional impone humildad y admiración: la Luna, ese faro que estabilizó el giro terrestre y condicionó la historia climática de nuestro planeta, nació en un encuentro violento cuyos detalles aún debemos desentrañar. La investigación continúa; y mientras tanto, cada plenilunio nos recuerda que la Tierra no nació sola, sino junto a fragmentos de una historia compartida con un vecino que, acaso, fue devorado por su propia colisión.

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