Quince años después: el 15-M no fue ruido, fue señal de alarma
Lo que gritó la Puerta del Sol sigue marcando los debates que no quisieron oírse

Redacción · Más España


Quince años después, tenemos que decirlo con la voz bien afinada: el 15‑M no transformó el tablero político en lo esencial, pero alteró para siempre la percepción pública de ese tablero. No había arena bajo los adoquines, pero sí una brújula que señaló, con asombrosa precisión, los problemas que vendrían: la vivienda, la precariedad laboral y la sostenibilidad de las pensiones.
“Sin casa, sin curro, sin pensión” no fue un eslogan pasajero; fue la enumeración fría de las carencias de una generación que recién salía de la universidad con la promesa de un ascensor social que no funcionó. Fue la consigna de Juventud Sin Futuro, y en ella se condensaron inquietudes que siguen sin resolverse para quienes entonces tenían veinte y hoy rozan los treinta y más allá.
Ese núcleo doliente no era solo generacional: era también social. En 2011 el 15‑M alcanzó hasta el 80% de apoyo popular en algún momento, y el 80% de los jóvenes coreaba “PSOE, PP, la misma mierda es”, denunciando el turnismo y la polarización interesada. ¿Qué pedían? Un nuevo tablero donde no bastara etiquetar lo político en términos de derecha e izquierda, sino donde se hablara de arriba y abajo, de quienes mandan y de quienes sufren las políticas.
Lo que siguió resulta irónico y amargo. Los que prometieron dinamitar el bipartidismo acabaron por reforzarlo o refundarlo bajo nuevas banderas y una dialéctica más beligerante. Y hay quienes, con el gesto cómodo del olvido, prefieren no recordar que gran parte de aquel clamor se dio con Zapatero en La Moncloa: entonces se podía criticar al PSOE sin ver convertida la crítica en estigma. Hoy, esa distancia crítica se ha vuelto escasa.
El debate que alumbró el 15‑M —¿vivimos peor que nuestros padres?— se ha enconado y polarizado. Hay quien quiere reducirlo a la etiqueta generacional sin mirar la variable de clase; hay quien niega la pérdida del poder adquisitivo de los jóvenes. Pero los lemas y la ola de 2011 dejaron claro algo elemental: no se trataba de una crisis pasajera, sino de una estafa del contrato social prometido a generaciones enteras.
Que lo que ocurrió hace quince años no sirviera para desmontar las estructuras que produjeron las quejas no invalida su legado: el 15‑M colocó en la agenda pública problemas que hoy definen debates esenciales. Queda la tarea pendiente de convertir esa previsión en cambios reales, y de rescatar la justicia del discurso radical que un día se atrevió a mirar la luna y no el dedo.
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