La traición gallega de Feijóo y el olvido de la memoria migrante
Cuando la política se alía con la dureza y olvida la compasión que forjó a Galicia

Redacción · Más España


Álvaro Cunqueiro pidió un pasaporte para ir a Portugal y, con esa petición, dejó escrita una confesión de humanidad: “Si no voy a Portugal no podré llevar a mi novia a Coímbra. Si no la llevo a Coímbra no podré hacerle el amor bajo los almendros”. Ese detalle biográfico, aparentemente menor, es una piedra angular del relato que nos ofrece la noticia: la memoria íntima de los que cruzaron fronteras por amor, por refugio o por necesidad sigue viva en Galicia.
La pieza de El País no es una elegía literaria: es una señal política. Cunqueiro era gallego. Galicia, dice la noticia, es la región que mejor resiste a Vox; allí, muchos guardan en la memoria a un abuelo que usó un pasaporte para cruzar y rehacer la vida bajo álamos, ceibas o secuoyas. Esa memoria colectiva condiciona votos y actitudes: la experiencia personal de la errancia genera comprensión frente a quienes piden papel para pasar.
En ese escenario aparece Alberto Núñez Feijóo y, según el artículo, cada vez que se arrima a Santiago Abascal y entona coros que la noticia califica de racistas, se traiciona a sí mismo y a la memoria de Cunqueiro, de Castelao y de tantos otros. No es una acusación retórica sin sustento: la pieza establece el contraste entre la historia de favores, pasaportes y refugios y la retórica dura que promueve Vox. El resultado, según la noticia, es una disonancia entre la identidad gallega y una línea política que presume de intransigencia.
La ironía del relato es brutal y certera: si todas las solicitudes de asilo y permisos de residencia se presentaran con la poesía de Cunqueiro —con la misma urgencia de quien pide un pasaporte para hacer el amor bajo los almendros—, no habría muros ni deportaciones, sugiere la columna. Es una forma de recordar que detrás de formularios y sellos hay vidas, afectos y memorias que las leyes no deben obviar.
Así, la noticia plantea una pregunta incómoda para la política: ¿puede un dirigente de origen gallego mirar a su tierra y abrazar, sin desdoro, una retórica que choca con su propio pasado colectivo? El artículo responde con claridad: cada apoyo a la dureza es una traición a la memoria de quienes necesitaron un refugio y forjaron, en la errancia, una manera compasiva de habitar el mundo.
No es estética literaria desconectada de la realidad; es patrimonio moral. La pieza de El País convierte la anécdota de un pasaporte en un espejo: Galicia, por su historia, mira con otros ojos a quienes piden un papel para cruzar. Y quien aspire a representarla, sostiene la noticia, debería tener eso en cuenta antes de ponerse en sintonía con discursos que niegan lo que su propia tierra recuerda.
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