La justicia científica cierra una herida de 51 años: la verdad sobre Laura Ann Aime
El ADN moderno confirma lo que las confesiones no pudieron cerrar: Ted Bundy fue identificado como autor

Redacción · Más España


La historia reclama, a veces con paciencia de relojero, que las piezas encajen. Durante 51 años un caso permaneció abierto en Utah: la desaparición y muerte de Laura Ann Aime, una joven de 17 años que salió de una fiesta la noche de Halloween de 1974 y cuyo cuerpo apareció un mes después en el cañón American Fork. La herida fue vieja; la explicación, incompleta.
Theodore Bundy, ya famoso en los anales del horror estadounidense, había confesado en algún momento su responsabilidad en la muerte de Laura. Sin embargo, el confesionario del asesino no bastó para cerrar el expediente: las autoridades decidieron mantener el caso abierto hasta que la ciencia pudiera demostrar, sin sombra de duda, la verdad material. Eso es exactamente lo que ha ocurrido.
La Oficina del Sheriff del condado de Utah anunció que nuevas pruebas de ADN confirmaron de manera irrefutable la presencia de ADN de Bundy en las muestras recuperadas del cuerpo de Laura. El sheriff Mike Smith lo dijo con claridad: el caso queda ahora oficialmente cerrado. Es la vindicación lenta pero implacable de la investigación forense.
No es una victoria sentimental; es el triunfo de la metodología sobre la complacencia. Bundy, figura ya consagrada entre los asesinos en serie de Estados Unidos, atacó en distintas regiones —del noroeste del Pacífico a Colorado, Utah y Florida— y fue vinculado a decenas de asesinatos entre febrero de 1974 y febrero de 1978. Vivía en Salt Lake City y estudiaba Derecho en la Universidad de Utah en el momento de la muerte de Laura.
El relato de sus métodos, conocido y documentado, muestra a un depredador que ganaba confianza con encanto o fingiendo una lesión para atraer a mujeres a zonas apartadas. Fue arrestado, condenado y se fugó en dos ocasiones antes de ser finalmente capturado y ejecutado en Florida en 1989. Aun así, su confesión sobre Laura carecía de detalles, y eso bastó para que las autoridades insistieran en pruebas científicas que sellaran definitivamente la atribución del crimen.
Esta resolución obliga a una reflexión elemental: cuando la verdad material se presenta, debe ser reconocida y anotada en los libros de la justicia. La identificación de Laura Ann Aime como víctima de Bundy no devuelve la vida, pero restituye su nombre en la historia con la seriedad que merece. Y subraya otra lección inapelable: la investigación persistente y la innovación forense pueden, décadas después, dar respuesta donde la impunidad parecía instalarse.
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