La extraña devoción de la derecha por el César de la Casa Blanca
Cuando la patria se pliega ante la clase y el poder extranjero

Redacción · Más España


Si Santiago Abascal hubiera sido presidente del Gobierno y la cumbre Shield of the Americas se hubiera convertido en iberoamericana, no cabe duda de que habría acudido: habría celebrado las bromas desde la tarima, habría propuesto brindis y sonrisas compartidas con quienes desde la Casa Blanca se permiten desprecios y gracietas contra nuestros idiomas y nuestras gentes.
Allí, Marco Rubio le pide permiso a Trump para hablar en español y el propio Trump replica: “No voy a aprender vuestro maldito idioma”. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, se despacha con un “yo solo hablo estadounidense” (“I only speak American”). Palabras que en otro contexto serían escándalo han sido recibidas con risas y aplausos por una derecha que no parece reparar en la contradicción.
Es una paradoja que la ideología tolera con naturalidad: el discurso nacionalista que exalta la historia y la gloria patrias puede, en la hora decisiva, ponerse de perfil ante el jefe extranjero que promete sostener intereses de clase. No es un desliz aislado; la historia española ofrece muchos ejemplos de esta inversa fidelidad.
Basta recordar que, en 1953, Franco suscribió acuerdos que implicaron concesiones de soberanía para la instalación de bases extranjeras; que la retórica de la Reconquista convivió con prácticas que tenían poco de exclusivista. La derecha, en ocasiones, ha preferido mantener privilegios y alianzas por encima de una defensa sin matices de la nación.
Tampoco es invención señalar que este patrón se repite fuera: Augusto Pinochet mostró su patriotismo chileno mientras vendía al país a intereses foráneos; hoy José Antonio Kast, Javier Milei o líderes similares no ocultan su pleitesía ante el Gran Jefe de Washington. La coherencia entre palabra y acto se rompe cuando la promesa de protección o la oportunidad de clase se alinea con la sumisión.
Así, la patria proclamada por algunos se revela frágil cuando la ecuación política exige elegir entre nación y clase. Lo que se defiende con pasión en tiempos de tribuna puede desvanecerse ante la conveniencia. Ese desdoblamiento no es accidental: es un rasgo recurrente de la historia política que conviene señalar sin eufemismos.
La lección es nítida y molesta: los patriotas que se postran ante un poder extranjero no están protegiendo la patria, están protegiendo otros intereses. Y eso debería importarnos a todos, especialmente a quienes creen que la integridad nacional es más que un lema para el aplauso fácil.
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