La audacia criminal que desafió al Estado en el puerto de València
Chats encriptados y 4,5 toneladas de cocaína: la radiografía de una trama que creyó estar por encima de la ley

Redacción · Más España


La noticia es tozuda y no admite eufemismos: desde la miniciudad del puerto de València se articuló una operación criminal de enorme envergadura que llegó a almacenar 4,5 toneladas de cocaína. No es metafórica la arrogancia de sus responsables: en abril, un miembro de la red escribió por Zangi, la aplicación de origen armenio que cifra con diez dígitos, que “controlamos todas las unidades de control policial”. Cinco meses después la Policía Nacional ejecutó la Operación Spider y la soberbia quedó hecha trampa y sumario.
Ese despliegue mafioso no era un grupo de oportunistas aislados; la investigación judicial revela una trama internacional con ramificaciones hasta Colombia y los Balcanes y una estructura logística asentada en el tejido portuario. El golpe se saldó con más de ochenta detenidos, entre ellos diecisiete portuarios y un guardia civil: la infiltración no era teórica, sino práctica y dolorosamente real.
Los audios y mensajes interceptados muestran las tripas del negocio: pagos millonarios por cada operación, con entre 100.000 y 120.000 euros a los camioneros que trasladaban la mercancía desembarcada y 50.000 euros al encargado de extraerla. No son cifras retóricas; son incentivos que compran silencio, lealtades y, según los propios implicados, someten a cualquiera al servilismo económico.
Y la grabación de esa lógica es aún más cruda cuando aparecen las palabras de sus líderes. Kamal, supuesto intermediario con posición de liderazgo, discute márgenes, riesgos y la conveniencia de “regalar pasta” para asegurar retornos. Esteban B., identificado como líder del aparato logístico, vende la idea de operaciones desde Ibiza hasta la Península y se permite la jactancia de “controlar” a los cuerpos policiales. No es heroísmo: es la exhibición de un poder criminal que toma confianza al darse por impune.
Los diálogos revelan además la complacencia con la que preparaban sus defensas: la convicción de conocer la fecha posible de detención —el 22 de septiembre de 2025, cuando se produjo la operación— y la estimación de que bastaría con “no dejar pruebas” para reducir la estancia preventiva. Ese cálculo no es ingenuidad, es método: limpieza de rastros, distribución de roles, pagos a “camis” y “rompedores”, y hasta la búsqueda de nuevas vías tecnológicas —drones, por ejemplo— para sortear controles.
Todo eso se cocía con la banalidad de un mercado: quejas por el descenso de precios del kilo de cocaína, nostalgias de cuando valía más y cálculos de rentabilidad que convierten la criminalidad en simple contabilidad. “Si esto no mejora, tendré que cambiar de oficio”, dice uno de los cabecillas. Detener este mecanismo exige algo más que palabras: exige voluntad judicial, coordinación policial y controles estrictos en las infraestructuras portuarias.
Operación Spider ha mostrado que no se trata solo de la aprehensión de toneladas de droga, sino de desarticular una economía ilícita que se sostiene con sobornos, complicidades y tecnología encriptada. Es una llamada de atención para quienes gestionan la seguridad en puertos y fronteras: no podemos cruzarnos de brazos ante organizaciones que, además de traficar, pretenden controlar los espacios y corromper los recursos públicos.
La constatación debe servir de punto de inflexión. No basta con celebrar detenciones y decomisos; hay que desplegar reformas y controles que blinden las cadenas logísticas, refuercen la fiscalización del personal portuario y cierren las puertas a la penetración criminal en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. El Estado y la sociedad no pueden permitir que la desfachatez de un chat encriptado marque la agenda de la impunidad.
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