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El lince ibérico triunfa y nos devuelve una lección de conservación

Una fotografía premiada que es reflejo de una recuperación que no admite complacencias

Redacción Más España

Redacción · Más España

25 de marzo de 2026 2 min de lectura
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El lince ibérico triunfa y nos devuelve una lección de conservación
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Que un joven lince ibérico se convierta en el favorito del público en el Wildlife Photographer of the Year 2026 no es sólo una anécdota estética: es el testimonio fotográfico de una especie que rozó la extinción y que hoy resiste gracias a la acción sostenida de conservación.

La imagen, titulada "Roedor volador" (Flying Rodent) y tomada por el austríaco Josef Stefan en Torre de Juan Abad, Ciudad Real, ganó el Premio del Público tras recibir, junto con otras 24 nominadas, un récord de 85.917 votos. El fotógrafo pasó días en un escondite durante una estancia de dos semanas y captó al joven lince lanzando y atrapando su presa durante casi 20 minutos, erguido en ocasiones sobre sus patas traseras "con la mirada fija en el roedor". Ese instante lúdico terminó cuando el animal perdió interés y se retiró a comerse la presa detrás de un arbusto.

No es casualidad que la escena tenga tanto peso simbólico. El lince ibérico estuvo al borde de la extinción a principios de los años 2000, cuando la población descendió por debajo de los 100 individuos. Gracias a programas de conservación y reintroducción a largo plazo, hoy la población supera los 2.000 ejemplares, aunque la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza mantiene su estatus de especie vulnerable. Es una recuperación que invita a la satisfacción, pero que no admite relajación: la vulnerabilidad persiste.

La muestra del concurso no se limita al lince: entre las finalistas figuran imágenes que condensan amenazas y adaptaciones en distintos rincones del planeta. Una osa polar con sus tres cachorros en la bahía de Hudson recuerda el reto del deshielo; flamencos enanos en Namibia cruzando líneas de alta tensión señalan la huella humana; oseznos en Jasper evocan la rareza y fragilidad de los nacimientos en libertad; y un ciervo sika en Japón arrastra la memoria de un combate territorial. Cada fotografía es un acto de testimonio que exhibe, simultáneamente, belleza y peligro.

Las cinco fotografías finalistas —incluida la del lince— se exhiben en internet y en el Museo de Historia Natural de Londres hasta el cierre de la exposición el 12 de julio de 2026. Esa visibilidad pública, alimentada por miles de votos de aficionados a la fotografía de naturaleza, es también una capital política y social que conviene transformar en compromiso: políticas de protección, financiación sostenida y vigilancia constante.

Si la imagen del joven lince nos enternece, que así sea. Pero que esa ternura no se convierta en complacencia. La recuperación hasta superar los 2.000 ejemplares es un logro que exige continuidad y firmeza. Las fotografías premiadas nos brindan bellos instantes, pero también nos devuelven la obligación patriótica de custodiar el patrimonio natural. No hay milagros, hay trabajo sostenido. Y esas imágenes deben ser el reclamo para no aflojar el paso.

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