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El entierro dorado de "El Mencho": ¿victoria contra el narco o el preludio de más sangre?

Un sepelio suntuoso custodiado por fuerzas mexicanas deja en evidencia un éxito operativo y un riesgo de repunte violento

Redacción Más España

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14 de marzo de 2026 3 min de lectura
El entierro dorado de "El Mencho": ¿victoria contra el narco o el preludio de más sangre?
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El féretro dorado de Nemesio "El Mencho" Oseguera Cervantes cruzó la capilla en medio de música ranchera y narcocorridos, y lo hizo bajo la mirada atenta de una numerosa Guardia Nacional. Lo que para unos fue el cierre de una persecución internacional —el hombre más buscado de México, con una recompensa de US$15 millones ofrecida por Estados Unidos— para otros no es más que el comienzo de una nueva etapa de incertidumbre.

La ceremonia fue suntuosa: grandes ofrendas florales, incluso un arreglo en forma de gallo que aludía a su afición por las peleas de gallos, y miles de asistentes que ocultaron su identidad con mascarillas. Cinco camiones, según AFP, fueron necesarios para trasladar las ofrendas anónimas. La imagen de un ataúd custodiado, rodeado de flores y de guardias, es la imagen de una victoria medida y vigilada.

La muerte del fundador del Cártel Jalisco Nueva Generación, herido en un tiroteo con fuerzas especiales desplegadas para su captura, ha sido presentada por el gobierno como una victoria operativa. No conviene olvidar, sin embargo, que la reacción del propio cártel fue inmediata y brutal: incendios de vehículos y bloqueos en 20 estados, una ola de violencia que dejó alrededor de 70 muertos. Esa represalia obliga a pensar con realismo: la eliminación de un jefe no es la eliminación de la organización.

Bajo el liderazgo de Oseguera, el CJNG se expandió desde Jalisco hacia otros estados y, según la DEA, llegó a tener presencia en más de 40 países. Esa dimensión trasnacional convierte cualquier golpe contra un individuo en una pieza de un tablero mucho mayor. La presidenta Claudia Sheinbaum, señalada por la prensa como beneficiaria política de esta operación, ha visto en el golpe una respuesta a la presión exterior, en particular a la insistencia del presidente estadounidense, Donald Trump, para intensificar la lucha contra el narcotráfico.

Pero la pregunta esencial persiste: ¿qué sigue después del ataúd dorado? Las fuentes apuntan a un riesgo real y a corto plazo de repunte de la violencia, cuando las facciones del cártel —una organización que se calcula tiene decenas de miles de miembros— disputen el control. No hay en la escena funeraria mausoleos gigantescos como en otras ocasiones; la parcela, dicen los medios, fue relativamente sencilla. Quizá un gesto de prudencia, quizá el preludio de un territorio en disputa.

El ritual fúnebre, con banda, corridos y máscaras, revela además otro dato de la realidad: el narco sigue teniendo rituales, símbolos y apoyos anónimos que no se borran con balas. La presencia masiva de fuerzas de seguridad en el entierro demuestra que el Estado desea mostrar control; las reacciones violentas previas demuestran que ese control es frágil y que la sombra del cártel se extiende más allá de la caída de su líder.

Con todo, el episodio pone de relieve una lección elemental para la política de seguridad: la eliminación de jefes es necesaria pero insuficiente. Sin políticas coordinadas que enfrenten la fragmentación de las estructuras criminales, sin abordaje social en las zonas de influencia y sin cooperación internacional sostenida —incluida la atención a las presiones y expectativas externas— el espacio dejado por un capo puede convertirse en un lodazal de violencia. El ataúd dorado cierra un capítulo, pero no garantiza la paz; es una victoria que exige ser seguida por estrategia y paciencia para evitar que la tumba de un hombre se convierta en el origen de nuevas guerras.

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