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El bloqueo de Ormuz y la torpeza diplomática que ha desatado el mayor temblor petrolero

Una guerra regional, decisiones presidenciales y un estrecho cerrado que sacuden los mercados mundiales

Redacción Más España

Redacción · Más España

11 de marzo de 2026 3 min de lectura
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El bloqueo de Ormuz y la torpeza diplomática que ha desatado el mayor temblor petrolero
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La historia no perdona la imprudencia. Cuando el 28 de febrero Donald Trump y Benjamin Netanyahu ordenaron atacar Irán, la respuesta de Teherán fue tan inmediata como devastadora para la economía global: la guerra se amplió y el estrecho de Ormuz quedó cerrado. El resultado quedó reflejado en cifras frías y demoledoras: el barril pasó de alrededor de US$60 a rozar los US$120 en la mayor subida registrada en un solo día, para luego estabilizarse en torno a US$90. Fue, según la crónica de los mercados, la jornada más volátil del mercado petrolero de la historia.

No es retórica: el estrecho de Ormuz no es una metáfora, es el mayor cuello de botella energético del planeta. Por sus aguas circula una quinta parte del consumo mundial de petróleo, el 25% del transporte por vía marítima y el 30% del gas natural licuado. Antes del 27 de febrero cruzaban 37 petroleros diarios; pocos días después, ese flujo se redujo prácticamente a cero. El bloqueo no sólo asfixia el tránsito: amenaza con forzar cierres temporales de pozos productores incapaces de almacenar crudo si los buques no pueden recibirlo.

Los mercados reaccionaron como quien ve caer una presa: pánico, volatilidad y decisiones improvisadas. El frenesí telefónico del propio presidente estadounidense —captado por la BBC a través de su corresponsal Anthony Zurcher— y su empeño en transmitir que "tiene un plan para todo" no bastaron para disipar la incertidumbre. Sus declaraciones, confusas y contradictorias —"la guerra está prácticamente terminada" y a la vez "no lo sé, depende" sobre el posible fin de la operación— sirvieron sólo para subrayar lo que el editor de Economía de la BBC, Faisal Islam, advirtió: nadie sabe con certeza qué sucede en la mente del líder estadounidense, y esa opacidad aumenta el riesgo de que esto se convierta en "el mayor shock petrolero de la historia".

Frente al colapso de precios y suministro, surgieron medidas de emergencia sobre la mesa: rumores en torno a que los ministros de Finanzas del G7 podrían liberar 300 millones de barriles de reservas estratégicas para calmar los mercados. Intervenciones de ese calibre pueden moderar movimientos especulativos, pero no deshacen el tapón físico que representa un estrecho clausurado ni la inseguridad geopolítica que lo provoca.

Los efectos alcanzan más que a los mercados financieros. Sectores clave —transporte, petroquímica, industria pesada, agroalimentaria— sienten ya el alza del precio del crudo en sus costes. Y hay una dimensión política: la subida imprevista de la inflación y el descontento económico pueden trasladarse a las urnas, un factor que, según la BBC, podría afectar al propio Trump de cara a las elecciones de medio término en noviembre.

Economistas como Rafael Pampillón han señalado la gravedad de la situación: el mundo atraviesa la crisis energética más seria en décadas, con ingredientes que recuerdan los grandes shocks petroleros de los años setenta: interrupciones físicas del suministro, fuertes alzas de precios y un contexto geopolítico altamente volátil. Esa triple combinación convierte una disputa regional en un problema global.

Queda claro que la dependencia de rutas críticas y la contundencia de decisiones militares pueden traducirse, en cuestión de días, en sacudidas económicas de alcance histórico. Si algo exige esta encrucijada es responsabilidad estratégica, transparencia informativa y coordinación internacional para restablecer la normalidad en un paso marítimo cuyo cierre se cobra un peaje que pagan millones en todo el mundo.

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