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Culiacán en llamas: cuando el mismo clan se convierte en guerra civil

La fractura del cártel de Sinaloa convierte a una próspera ciudad mexicana en terreno de terror

Redacción Más España

Redacción · Más España

14 de abril de 2026 3 min de lectura
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Culiacán en llamas: cuando el mismo clan se convierte en guerra civil
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«El miedo está en todas partes y es constante», dice el paramédico Héctor Torres desde la ambulancia en Culiacán. Esa frase, simple y brutal, convoca la realidad: una ciudad que antes vivía la noche hoy se desangra al caer el sol.

Durante el último año y medio, narra la crónica, el cártel de Sinaloa —esa organización que durante décadas funcionó como una familia— se ha partido en facciones que ahora se matan entre sí. "Eran como hermanos… y de repente estaban peleando (...) enfrascados en una disputa mortal", recuerda Héctor. Lo que fue un clan se ha transformado, por rencillas internas y traiciones, en una empresa en guerra contra sí misma.

Las consecuencias son visibles y horribles: tiroteos en garajes y talleres, cadáveres en edificios y al borde de carreteras, víctimas cuyos cuerpos aparecen mutilados y acompañados de mensajes que buscan aterrorizar a la facción rival. Escenas de tortura y desollamientos que dejan claro el objetivo: imponer el terror público.

Los paramédicos Julio César Vega y Héctor no son actores neutrales: llevan chalecos antibalas, placas de armadura, saben que asistir a una escena puede convertirlos en objetivo. El año pasado las llamadas que atendieron aumentaron más de un 70% y, en la mayoría de las emergencias narradas, no hay sobrevivientes. Ningún lugar se libra: escuelas, hospitales e incluso funerales han sido atacados.

La caída del viejo liderazgo —la prisión en Estados Unidos de Ismael "El Mayo" Zambada, según la pieza— ha sido la chispa que desató el caos. El negocio familiar, ahora convertido en una enorme industria del fentanilo que inunda las calles de EE. UU., añade una dimensión transnacional al conflicto: miles de vidas perdidas por una droga que financia esta violencia.

La respuesta del Estado mexicano es palpable en las calles: el gobierno ha desplegado miles de soldados y establecido retenes en la mayoría de las carreteras de Sinaloa. Sin embargo, la presencia militar convive con los mensajes de muerte dejados junto a los cadáveres, la impunidad de secuestros simultáneos y el pavor cotidiano de los ciudadanos.

En Washington, el presidente Donald Trump ha elevado el conflicto a un marco de seguridad internacional: declaró a ese y otros cárteles como organizaciones terroristas, calificó al fentanilo como arma de destrucción masiva y amenazó con acción militar directa si México no controla la droga y a los narcotraficantes. Es una declaración de intenciones que añade presión y riesgo a una situación ya de por sí explosiva.

Culiacán es hoy la imagen de un país que ve cómo una prosperidad urbana —centros comerciales, parques, concesionarios— convive con escenas de barbarie extremo. La crónica recoge a reporteros con décadas en la ciudad que atestiguan la nueva gravedad: jóvenes muertos en barrios, cuerpos abandonados frente a centros comerciales, y un mensaje siempre igual, siempre letal: "Vamos por el resto de ustedes".

No hay retórica que oculte los hechos. Hay una sociedad que sufre, cuerpos que aparecen con carteles, paramédicos que tiemblan dentro de chalecos de Kevlar y un Estado que responde con soldados mientras la violencia se fragmenta y exporta su efecto más letal: el fentanilo. Esa es la fotografía, cruda y verificable, de una ciudad convertida en zona de guerra por la guerra entre hermanos.

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