Cuando Washington exige aliados y encuentra prudencia: la OTAN no es botín de guerra
La negativa europea a sumarse a una respuesta militar contra Irán revela que no habrá atajos para resolver la crisis del Golfo

Redacción · Más España


Donald Trump, con la habitual contundencia de quien ordena sin medir la reacción ajena, aventuró que no asegurar el estrecho de Ormuz sería "muy malo para el futuro de la OTAN". La respuesta de sus aliados ha sido más que un reproche diplomático: ha sido una negativa práctica a convertir una crisis regional en una cruzada colectiva.
El general Nick Carter lo enunció con claridad miliar: la OTAN nació como alianza defensiva, no como mecanismo para que un aliado provocara una guerra y obligara a los demás a seguirle. Esa observación no es retórica: es la frontera legal y política que ahora dibujan gobiernos que rehúsan ser arrastrados por decisiones que no comparten.
En Berlín, la distancia fue explícita. Un portavoz dijo que una guerra con Irán "no tiene nada que ver con la OTAN" y el ministro de Defensa, Boris Pistorius, ridiculizó la idea de que unas pocas fragatas europeas pudieran suplir lo que la potente armada estadounidense no consigue. El líder alemán Francis Merz remató: "Esta no es nuestra guerra" y descartó la participación de Alemania por falta de mandato de la ONU, la UE o la propia OTAN, en línea con la Ley Fundamental.
Londres, por su parte, reconoce la urgencia de hallar una salida para desbloquear el estrecho, pero también admite que la capacidad de desminado —es decir, la vieja y técnica tarea de garantizar la seguridad marítima— ha dejado de ser una prioridad operativa. El HMS Middleton volvió a Portsmouth para un mantenimiento mayor; por primera vez en décadas no hay buque británico de contra-minas en la región. La Royal Navy apuesta ahora por drones marinos recién desarrollados, cuya eficacia en combate, como advirtieron expertos, está aún por demostrarse.
Y el problema no es sólo la ausencia de equipos: es la pérdida de prácticas. Carter recordó que la última gran operación occidental de desminado en el mar fue en 1991 y que llevó 51 días. Estados y marinas han desinvertido en capacidades que hoy resultan necesarias. La propia Armada de EEUU retira buques especializados de la clase Avenger, de cascos de madera, y los sustituye por unidades de la clase Independence que incorporan sistemas no tripulados: un cambio tecnológico cuya efectividad en la coyuntura actual no está garantizada.
A esto se suma la capacidad asimétrica iraní: lanchas rápidas armadas, drones navales "suicidas", misiles terrestres y la imagen —difundida por la agencia Fars— de embarcaciones y drones guardados en túneles subterráneos. Una combinación de tácticas que complica cualquier operativa rápida y segura para mantener el flujo mercante por el estrecho.
Frente a la petición estadounidense, los aliados optan por la desescalada como vía preferente. No por falta de voluntad estratégica, sino por cálculo político, legal y operativo: no hay mandato internacional claro, las capacidades especializadas escasean y el riesgo de escalada es real. En ese espacio, la retórica de apremio de Washington choca con la prudencia europea.
La lección es política y es simple: una alianza no funciona si se pretende convertir en extensión automática de la iniciativa unilateral de uno de sus miembros. La crisis del Golfo exige soluciones coordinadas, pero también legítimas y capaces. No habrá atajos: desescalar, recomponer mandatos y recuperar capacidades técnicas antiguas y nuevas parecen pasos imprescindibles antes de cualquier pretendida acción colectiva.
Quien espere que la OTAN barra el camino a Irán por decreto se equivoca. Quien confíe en que las viejas virtudes del poder naval —paciencia, logística, especialización— volverán de un día para otro, también. La prudencia europea no es traición ni tibieza: es, en este momento, la única vacuna contra una escalada que nadie puede garantizar que termine bien.
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