Cuando la patria habla en tercera persona
Sobre la endofobia y el peligro de sustituir el idioma propio por uno ajeno

Redacción · Más España


Una nación, decía la reflexión burkeana que retoma Rafael Núñez Huesca, es un pacto entre los muertos, los vivos y los aún no nacidos. Esa frase, austera y militante a la vez, contiene la médula de lo que hoy discutimos: la continuidad no es un capricho del pasado, sino la condición de posibilidad de cualquier proyecto político que aspire a perdurar.
Núñez Huesca señala un fenómeno quizá menos dramático que el desprecio explícito, pero no por ello menos corrosivo: la endofobia, el hábito de hablar de lo propio como si fuera ajeno. No se trata solo de negar o combatir la patria; es la cortesía con que se administra, la puntualidad de un poder que aparenta cuidar lo suyo mientras lo penaliza interiormente. Es el modo elegante de la autodestrucción: reformar por reformar, maquillar la historia en vez de asumirla.
El libro sitúa la raíz de este síndrome en un giro cultural que se instala desde el siglo XVIII: las élites comienzan a mirarse con los ojos del rival, a interiorizar la leyenda negra hasta convertirla en sentido común doméstico. Cuando las clases dirigentes aceptan los argumentos del adversario, la derrota suele producirse sin necesidad de batalla; se fragua en la lengua, en las costumbres, en el tono de la vida pública. Se cambia el idioma social y político por un idioma extraño.
Esa sustitución no es inocua: produce una fiebre de reformas verbales que, en la práctica, resultan inversamente proporcionales al calado real de los cambios. Mucho discurso; pocas raíces. La apariencia de renovar se convierte en el instrumento para amputar la herencia, y la generación siguiente recibe una versión más presentable —según los ideólogos del momento— pero también más empequeñecida de lo que fue transmitido.
La consecuencia civil es grave. Las instituciones libres requieren, además de procedimientos formales, una disposición previa de los ciudadanos que les otorgue legitimidad. Esa disposición se alimenta de intuiciones compartidas, de costumbres políticas sedimentadas. Cuando desaparecen, los mecanismos formales pueden seguir funcionando, pero pierden consistencia y sentido. Lo hemos visto, subraya el autor, en la erosión de hábitos que distinguían a una democracia adulta: la cortesía, el respeto por órganos que no se dominan y la reticencia a convertir cada legislatura en una refundación permanente.
La respuesta que propone Núñez Huesca no es una llamada a la reacción nostalgiosa ni a la negación crítica de los deberes del presente. Es, en cambio, una propuesta de reconciliación serena: dejar de tratar la historia como ajena, reconocer la lengua compartida, las costumbres legadas y la cultura política como el material con el que cualquier nación debe trabajar. Reconciliarse con la historia es acoger lo heredado con naturalidad y agradecimiento, y solo desde esa acogida poder mirar hacia otras cosas.
Esta lección tiene un eco claro para cualquier proyecto colectivo que se pretenda duradero: la sostenibilidad política no se improvisa. Sustituir el idioma propio por fórmulas importadas, por muy presentables que parezcan, es despojar a las generaciones futuras de un patrimonio esencial. La endofobia, leída así, es una forma de expolio temporal cuyo efecto no es progresista sino devastador.
Antes que nuevas fórmulas institucionales, apunta el libro, quizá haga falta recuperar lentamente ese mutuo básico entre quienes discrepan bajo el mismo techo. Sólo desde la recuperación de lo común, desde la atención a las intuiciones compartidas, podrá renacer la confianza que mantiene vivas a las instituciones y que evita que éstas se conviertan en escenarios donde todo se transforma en botín o en decorado.
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