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Cuando la liturgia se arrodilla ante la bandera: la misa de Tejero y la hipoteca ideológica sobre lo sagrado

Un funeral que fue más un mitin de nostalgia que un rito religioso

Redacción Más España

Redacción · Más España

25 de marzo de 2026 2 min de lectura
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Cuando la liturgia se arrodilla ante la bandera: la misa de Tejero y la hipoteca ideológica sobre lo sagrado
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No era solo una misa: fue un acto de clasificación. En la iglesia de Santa Bárbara se congregaron más de 250 personas y 21 sacerdotes para despedir a Antonio Tejero, y lo que debía ser un funeral por un difunto —ya enterrado desde el 26 de febrero en Alzira— devino en una ceremonia donde la idea que aquel militar encarnó quedó preservada y ostentada.

Entre los bancos se exhibió una estirpe reconocible: Juan Chicharro, Jaime Martínez-Bordiu, Manuel Andrino; rostros conocidos de la nostálgica extrema derecha que no acudieron a llorar solo a un hombre, sino a una memoria política. Allí también estaban líderes y activistas de signos afines; la atmósfera no era de recogimiento sino de afirmación colectiva.

La eucaristía, oficiada por su hijo Ramón Tejero, tuvo la liturgia domesticada y puesta al servicio de un relato: la fe convertida en herramienta para reforzar una identidad que puso la triada «Dios, Patria y familia» por encima del misterio cristiano. La homilía no habló solo de salvación eterna, habló de un mandato moral que hace de la patria una realidad trascendente.

Que la Catedral Castrense negara la celebración allí —por el riesgo de que la Misa adquiriera connotaciones ajenas al estricto significado religioso— es una declaración de intenciones. La familia eligió otro templo, y en él la liturgia quedó subordinada a una devoción mucho más terrenal.

Y llegó el momento que debería delimitar lo humano de lo divino: la consagración. Donde todo debería cubrirse de un silencio casi mineral, explotó el himno de España. No un murmullo: una irrupción sonora, coronada con un grito: "¡Viva España!". La reacción convierte el rito en escenario y al sacramento en excusa para la exaltación nacional.

Antes de que la fórmula tradicional de despedida pudiera pronunciarse con calma, la función había sido reasignada: Cristo reducido a trámite, la Guardia Civil ensalzada, el homenaje a un teniente coronel elevado a acto público de adhesión. Lo sagrado fue reescrito a la medida de una devoción política. Y eso obliga a preguntarse por los límites entre la fe y la instrumentalización ideológica.

No es una reflexión abstracta: es un hecho constatado en ese templo concreto. Lo que ocurrió en Santa Bárbara fue la puesta en escena de una memoria que reclama espacio en nombre de la nación y del honor, y que lo hizo contra la advertencia previa de las autoridades eclesiásticas militares. La misa dejó claro que ciertos funerales ya no son solo despedidas personales: son conferencias de doctrina disfrazadas de liturgia.

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