Cuando la guerra llega a los domicilios: Teherán en ruinas tras los ataques de Estados Unidos e Israel
La ofensiva aérea contra objetivos estatales se traduce en víctimas y barrios pulverizados en la capital iraní

Redacción · Más España


La escena es elemental y brutal: una madre junto a una pila de escombros grita que "mi hija está bajo los cascotes" y espera, días y noches, a que lleguen equipos capaces de excavar entre lo que fue un hogar. No es un relato aislado ni una metáfora: es la narración concreta de lo ocurrido en Resalat, un barrio residencial del este de Teherán, donde el 9 de marzo un ataque aéreo israelí destruyó bloques de viviendas y enterró vidas.
No podemos adornar lo que es evidente. Desde hace un mes, Irán se encuentra en guerra con Estados Unidos e Israel, que han lanzado ataques en todo el país contra blancos vinculados al régimen. Pero esos "blancos" están integrados en la trama urbana: edificios ligados a fuerzas del Estado conviven con viviendas familiares. El resultado, según el trabajo de verificación de BBC Eye, son detonaciones que arrasan más allá del objetivo pretendido y dejan una estela de destrucción en esfuerzos residenciales próximos.
Los testimonios recogidos —habitantes que "salieron volando por la habitación", familias que lo han perdido todo, niños que yacen bajo los escombros— no son retórica: son el registro humano de una violencia que se extiende centímetros a centímetros. En Resalat, las autoridades locales y los residentes sitúan entre 40 y 50 personas fallecidas en un solo episodio; días después se hallaron a una madre y a su hija muertas bajo los restos. Otros supervivientes han perdido documentación, pertenencias y, sobre todo, la sensación elemental de seguridad.
El análisis técnico no es menos inquietante. Imágenes satelitales verificadas muestran al menos cuatro edificios destruidos en rápida sucesión; el daño se prolongó a una distancia de hasta 65 metros del punto de impacto. Expertos militares consultados por la BBC apuntan a la probable utilización de bombas de la serie Mark 80, y concretamente a la Mark 84 —la mayor de la familia— como coherente con la magnitud de los daños observados. Se han fotografiado bombas sin detonar que coinciden con esos modelos en la ciudad.
La pregunta que se impone —y que el derecho internacional humanitario ya plantea— es la de la proporcionalidad y la prudencia. Dos expertos en derecho consultados consideran que el uso de una bomba de tal potencia en una zona densamente poblada resultaría desproporcionado. La ONU, por su parte, ha instado repetidamente a evitar el empleo de bombas de gran potencia en áreas urbanas por el riesgo que suponen para civiles.
No hay en estas páginas espacio para la complacencia ni para la abstracción: las imágenes, los cálculos de daño, los relatos de quienes quedaron sin hogar y las cifras provisionales convergen en una constatación dolorosa. Bombas guiadas o no, el hecho es que los ataques que buscan golpear estructuras estatales han convertido barrios de Teherán en campos de escombros y han multiplicado las víctimas civiles.
Queda, por tanto, la urgencia de dos acciones mínimas y factuales: documentar con claridad cada ataque y sus consecuencias para exigir responsabilidades conforme al derecho internacional; y proteger a los civiles atrapados entre la ofensiva aérea y la represión interna que ya golpeaba a la población antes del conflicto. Nada de esto es retórica: son exigencias que nacen de testimonios verificables, de imágenes satelitales y de la insistencia de organismos internacionales en evitar tragedias previsibles.
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