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Cuando el Mundial se convierte en muro: fútbol, visados y exclusión

Aficionados de varios países ven vetada su presencia en EE. UU. por restricciones y ausencia de servicios consulares

Redacción Más España

Redacción · Más España

8 de junio de 2026 3 min de lectura
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Cuando el Mundial se convierte en muro: fútbol, visados y exclusión
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El deporte debería derribar barreras; esta vez las erige. El Mundial, que se vende como la gran fiesta global del fútbol, está dejando fuera a decenas de miles de aficionados que han visto cómo las normas de viaje, las listas de prohibición y la suspensión de servicios consulares les impiden asistir a los partidos.

El caso de Abdulla Adnan, el iraquí que compró entradas para ver a su selección y se encontró con la imposibilidad práctica de obtener un visado, es sintomático. No por falta de ganas —pagó entradas y viajó hasta Jordania para intentar la entrevista consular— sino por la realidad: no hay servicios consulares rutinarios en Irak y las embajadas en países vecinos no pueden siempre tramitar visas a quienes no son ciudadanos locales. El resultado es una ilusión rota y gastos incurridos por un sueño que se desvanece.

Y Adnan no es una excepción aislada. Según el análisis del Servicio Mundial de la BBC, más de una cuarta parte de los países participantes afrontan prohibiciones o grandes obstáculos para que sus ciudadanos obtengan permisos de viaje a EE. UU. La lista del presidente de Estados Unidos con restricciones incluye a cuatro selecciones clasificadas —Haití, Irán, Senegal y Costa de Marfil—, lo que impide a sus seguidores acceder a la visa de visitante recomendada para los aficionados.

¿Es esto fútbol o es una política de puertas cerradas disfrazada de control migratorio? Líderes de asociaciones de hinchas, como Julien Kouadio Adonis de Costa de Marfil, han denunciado que estas medidas son una forma de segregación: no se trata solo del trámite, sino de quién queda autorizado a cruzar la línea y quién no. Mientras tanto, los países beneficiarios del programa de exención de visado (ESTA) —42 naciones ricas— pueden solicitar autorizaciones rápidas por internet; no hay ningún país africano en esa lista.

Las reglas son claras y las cifras también: quienes necesitan visado afrontan un coste de 185 dólares, una entrevista presencial y la obligación de demostrar vínculos que aseguren su regreso o solvencia. EE. UU. anunció en mayo la eliminación del requisito de depósito de hasta 15.000 dólares para aficionados de ciertos países del Mundial que tomen entradas válidas, pero esa medida llega tarde o no compensa la realidad de quienes ya no tienen embajadas operativas donde tramitar sus solicitudes, o a quienes se les negó el visado con anterioridad.

El Mundial sin público es un espectáculo mutilado. Para muchos hinchas, como Aliou Ngom de Senegal, la esencia del torneo es la convivencia de culturas y la presencia física en las gradas; para otros, la experiencia ni siquiera merece el intento por la carga burocrática y el historial de denegaciones. El fútbol reclama estadios llenos: ¿qué sentido tiene organizar un torneo mundial en un territorio que, por razones administrativas y políticas, deja fuera a parte de su propia audiencia?

No se trata solo de logística ni de precio de las entradas. Es una cuestión de coherencia: si se convoca al planeta entero para competir y celebrar, no se puede simultáneamente levantar muros que impidan a buena parte del mundo cruzarlos. El resultado es una Copa del Mundo que excluye a quienes más quisieran participar en ella, y una advertencia clara sobre cómo las políticas migratorias y de seguridad modelan —y a veces mutilan— incluso las celebraciones globales más universales.

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