Ayuso y la quimera panhispánica: riesgo y teatro diplomático
Una estrategia electoral que juega con la historia y pone a prueba la hermandad con México

Redacción · Más España


La presidenta madrileña ha elegido un escenario que no es inocente: México. No es una excursión turística, tampoco un gesto menor. Es una operación política diseñada para tocar fibras —y votos— mediante la evocación de una Hispanidad reconvertida en espectáculo electoral.
Invocar el derecho de gentes, traer a colación a fray Bartolomé de las Casas, enumerar las universidades fundadas por españoles en las Indias y exaltar el mestizaje: no son casualidades retóricas, sino herramientas calculadas para excitar a un electorado patriotero que responde a símbolos fuertes. Lo que suena a erudición académica se transforma, en boca de una candidata, en afrodisíaco político.
Que una parte del electorado contemple con entusiasmo la figura del conquistador no debería sorprendernos, aunque parezca extraño en una España donde la mayoría apenas sitúa cronologías ni topónimos de aquella gesta. Lo que preocupa es la legitimación pública de un relato que roza la nostalgia imperial y que, aplicado como estrategia, busca arrebatar electores incluso a la competencia de la derecha radical.
Esta apuesta táctil —casi teatral— tiene un coste internacional. México y España están unidos por vínculos recientes y poderosos: el símbolo del féretro de Manuel Azaña envuelto en la bandera mexicana, el refugio que aquel país ofreció a miles de republicanos y la réplica de la Cibeles que Madrid regaló a Ciudad de México en 1980 son señales de una fraternidad cimentada en memoria y deuda moral. Son hilos que pesan más que cualquier apología del pasado colonial.
¿Vale la pena poner en tensión esa hermandad por una campaña que busca epatar y polarizar? El empeño de convertir a Madrid en una metrópoli «panhispánica», rival de Miami, y de convertir símbolos históricos en consignas electorales puede deteriorar relaciones sutiles y afectos construidos a lo largo de décadas.
Que quede claro: usar la historia como atrezzo político no es nuevo. Lo inaudito es cuando esa puesta en escena pretende reescribir la leyenda pública para beneficio inmediato. El peligro no es solo diplomático; es también doméstico: alimentar nostalgias de gloria imperial que compiten con otras ofertas identitarias y que pican votos en la misma parcela ideológica.
Si Ayuso pretende hacer de Madrid la proa de una «neohispanidad» lo hará con coros y con batuta cultural —hasta con el eco de producciones artísticas como el musical Malinche en el telón—, pero tendrá enfrente la solidez de los lazos afectivos y democráticos con México, forjados en exilios, gestos y memoria compartida. Son la verdadera medida de lo que está en juego cuando la historia se convierte en campaña.
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