Arde de nuevo la «Caracola» de Toyo Ito en Torrevieja
La emblemática escultura junto a Punta de la Víbora sufrió otro incendio; bomberos actuaron al caer la tarde

Redacción · Más España


Fuego sobre quemado. La «Caracola» diseñada por Toyo Ito, que hace dos décadas llegó a exhibirse en el MOMA de Nueva York, volvió a arder en la tarde de ayer en las inmediaciones de Punta de la Víbora. Sobre las siete de la tarde los bomberos de Torrevieja intervinieron para sofocar las llamas; el humo volvió a recortar el perfil de una obra que, en su día, fue contemplada en galerías internacionales.
No hablamos de una casualidad dramática, sino de una repetición que duele en la memoria de la ciudad. El primer incendio de esta estructura se remonta a 2012; en agosto de 2020 un segundo gran fuego la asoló por completo. Entre aquellos episodios y el de ahora, la historia de la Caracola ha sido la de una pieza que pasó de las salas de un museo de referencia mundial a convertirse en objeto abandonado en el entorno de un parque natural.
Las llamas no han sido la única violencia que ha padecido la escultura. El relato que ofrecen los hechos incluye actos vandálicos constantes y el uso del lugar como punto de encuentro para personas sin hogar. Son datos que, sumados, describen un paisaje de desprotección: una obra firmada por un arquitecto japonés de relevancia internacional, degradada por el abandono, por el vandalismo y por el fuego.
Que una pieza con pasado en el MOMA termine convertida en escombros y grafitis no es solo una metáfora desafortunada; es la constatación de un fracaso práctico. ¿Cómo es posible que una obra expuesta en Nueva York haga el trayecto inverso hasta acabar en condiciones de marginalidad junto a un paraje natural? No aludimos a responsables concretos —los hechos no los señalan—, sino a una evidencia incontestable: la falta de protección ha dejado a la Caracola a merced de las llamas y del deterioro.
La intervención de los bomberos de Torrevieja alrededor de las siete de la tarde es, sin duda, la respuesta inmediata y profesional que exige el momento del siniestro. Sin embargo, la recurrencia de incendios —2012, 2020 y el episodio reciente— obliga a mirar más allá del acto de apagar llamas: obliga a preguntarse por medidas de preservación y por controles que impidan que el patrimonio, aunque sea contemporáneo, termine en manos del abandono.
La historia de la Caracola conjuga dos paradojas. Primero, la paradoja del reconocimiento: una obra suficientemente valiosa para figurar en el MOMA que, sin embargo, no fue preservada en su lugar de origen. Segundo, la paradoja del entorno: ubicada en el entorno de un parque natural, debería gozar de una protección añadida; en la práctica, ha sido vulnerable a incendios y al vandalismo.
No es retórica decir que estamos ante un síntoma. Cuando una ciudad o una administración permiten que una pieza de su paisaje cultural se degrade hasta ser pasto de las llamas y de la desidia, lo que se quema no es solo hierro, metal o forma: se consume una parte de la memoria colectiva, una invitación al orgullo cívico y al cuidado de lo propio.
Los hechos conocidos —las fechas de los incendios, la intervención de los bomberos, los episodios de vandalismo y la presencia de personas sin hogar en el lugar, así como el pasado expositivo en el MOMA— configuran un dossier incómodo. No hacen falta arengas para concluir que la recurrente violencia sobre la Caracola reclama respuestas: conservación, vigilancia, políticas de protección del patrimonio y, sobre todo, una decisión clara por parte de quienes tienen competencias para evitar que vuelva a repetirse la escena de ayer.
Que la noticia aparezca en la agenda local es necesario. Que genere, además, reflexión y medidas concretas, es imprescindible. La Caracola no merece ser memoria incendiada. Si una obra que traspasó fronteras culturales ha terminado en ese estado, la pregunta que queda es elemental y urgente: ¿qué vamos a hacer para que no vuelva a quemarse?