Alaska nos sacude: el megatsunami que advierte sobre un peligro creciente
Un deslizamiento en Tracy Arm desencadenó la segunda ola más alta registrada; la ciencia apunta al deshielo como coautor del desastre

Redacción · Más España


En la remota geografía del sureste de Alaska ocurrió, a mediados del año pasado, un hecho que la naturaleza escribió con mayúsculas y que la ciencia ha tenido que descifrar. Un colapso masivo de roca —64 millones de metros cúbicos, el equivalente señalado por los investigadores a 24 Grandes Pirámides de Guiza— se precipitó en menos de un minuto dentro de un fiordo. El resultado fue una ola monstruosa, cerca de 500 metros de altura: un megatsunami que ahora se confirma como el segundo más alto jamás registrado.
Lo que al principio pasó en gran medida inadvertido, hoy aparece reconstruido con datos de campo, sísmicos y satelitales. Los científicos atribuyen el desencadenamiento a pequeños terremotos que provocaron el deslizamiento de tierra. Pero la cadena causal no se agota ahí: el retiro del hielo del glaciar y el deshielo del permafrost jugaron su papel. Stephen Hicks, del University College London, apunta que el glaciar «ayudaba a sostener este fragmento de roca» y que al retroceder dejó expuesta la base del acantilado, facilitando el colapso repentino.
No hablamos solo de cifras y de admiración geológica. Bretwood Higman, geólogo que constató los daños en el fiordo Tracy Arm, habla sin ambages: fue «un llamado de atención». Encontró árboles arrancados, laderas despojadas de suelo y vegetación, y costas marcadas por la furia de la ola. Solo la hora en que ocurrió —las primeras horas de la mañana— evitó que barcos turísticos quedaran atrapados en la devastación, según los investigadores.
Alaska reúne condiciones propicias para estos episodios: montañas abruptas, fiordos estrechos y actividad sísmica frecuente. Pero ahora hay un agravante: la investigación publicada en Science sugiere que el derretimiento de glaciares y el deshielo del permafrost, impulsados por el cambio climático, están aumentando considerablemente la probabilidad de colapsos como el de Tracy Arm. Higman no disimula su preocupación: «Estoy bastante seguro de que están aumentando no solo un poco, sino mucho», señala, estimando un incremento notable en la frecuencia respecto a hace décadas.
La lección práctica ya se impone. Científicos piden una vigilancia más amplia de zonas vulnerables en Alaska. En paralelo, compañías de cruceros han anunciado que dejarán de enviar barcos a Tracy Arm, decisión que combina prudencia y reconocimiento del nuevo mapa de riesgos. Y en la memoria científica queda la comparación histórica: solo el evento de la bahía de Lituya en 1958 superó la altura de este megatsunami.
¿Vamos a esperar a que la próxima alarma encuentre a personas en el lugar equivocado? La evidencia reunida es tajante: los colapsos que generan megatsunamis obedecen a cadenas de causas conocidas y en aceleración. Ignorar esa advertencia sería apostar a la suerte en un tablero que cada vez tiende más hacia la incertidumbre. La ciencia ha hablado; toca que la sociedad y las autoridades escuchen y actúen.
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